El Retorno del Califato

Shaij Dr. Abdalqadir As-Sufi

'El Califato no solo es algo fundamental para el Islam
sino que es necesario para fundamentar su poder.'


EL SEGUNDO INTERREGNO

La Conferencia de El Cairo declaró acertadamente que la separación de la Sultanía y el Califato era ilegal e imposible, islámicamente hablando. En consecuencia, la abolición de la Sultanía es algo que un gobierno turco jamás puede legislar puesto que es, por definición, un asunto islámico. El desmembramiento político del Califato fue consecuencia de la cirugía que se aplicó para separar al Hiyaz del cuerpo islámico. El instrumento de esta operación fue la familia criminal de Ibn Saud. El espía inglés Shakespeare, informaba así al Foreign Office: "El Emir wahabi es un arma con la que luchar contra los turcos". Su tarea fue la de "convertir en insostenible la posición de los turcos en la costa árabe del Golfo".

No cabe la menor duda de que los miembros de la familia Ibn Saud fueron simples marionetas del imperialismo británico. Documentos del Foreign Office publicados recientemente muestran cómo Churchill aseguró un pago de £20.000 a Abdalaziz ibn Saud con el definido propósito de impedir el crecimiento del llamado Movimiento Pan‑islámico, cuyo objetivo era la unificación de la Umma islámica en defensa del Califato.

En 1818, el ejército egipcio bajo las órdenes de Ibrahim Pasha había capturado a Abdallah ibn Saud enviándolo encadenado a Estambul. En vez de ejecutarlo como rebelde, que era lo suyo, el Sultán lo entregó a los ulama'. Estos declararon que Ibn Saud era zindiq. En cumplimiento de la sentencia fue decapitado en público. Y así, con este ignominioso kufr empezó la usurpación y rebelión tribal saudi que, en sus comienzos, necesitó el apoyo militar británico y cuando éste colapsó, el americano.

Ibn Saud consiguió su reino, y sus ulama' salafi el mando sobre los Haramayn. En sus aventuras inmobiliarias talaron casi todos los árboles de La Meca y de Medina; hoy en día, un tercio del terreno de La Meca es propiedad de empresas judías americanas. Los saudis permitieron que la península fuese dividida en estados separados de forma que luchando entre sí cayesen inexorablemente bajo el dominio americano. Hay templos hindúes dedicados al dios‑mono en los Emiratos, hay comunistas en el Yemen y rabinos en Riad. Arabistán está bajo la ocupación extranjera.

Irán, una república basada en la banca, sólo luce la primera shahada en su bandera. Siria, su país satélite, está gobernado por un tirano Alawita; Iraq lo está por un asesino en masa cuya retórica es anti‑israelita pero cuyas víctimas son musulmanes. Egipto, Argelia, Sudán, toda la colección de las jactanciosas naciones árabes yacen postradas y derrotadas. Cada estado petrolero, aislado y separado de cualquier alianza posible, ha sido relegado a la bancarrota o reducido al caos: Libia, Argelia, Iraq, Arabia, Kuwait, incluso el minúsculo Bahrain. Uno por uno fueron en su día estados rebeldes contra el Califato islámico. Cada uno de ellos es hoy un peón en manos de su enemigo. En Londres, el rey Fahd posa ante la prensa junto a su mentor (e inventor), el monarca inglés, con una gran cruz colgada al cuello; el Guardián de los Haramayn. El infierno del Líbano y Palestina y la maldición del sionismo no son más que los frutos, los frutos amargos producidos por la traición árabe y el rechazo del gobierno islámico.

La gente árabe se envenenó con el vitriolo Shi'a del odio: el odio hacia la soberanía, el liderazgo y el poder viril. La teología que impulsó al salafismo en todas sus manifestaciones, el nacionalismo árabe, tanto el socialista como el monárquico, el secularismo como filosofía y programa social... todo se remonta a las doctrinas muwahid del racionalismo Shi'a y el rechazo, basado en la espera del Mahdi, del práctico y sencillo gobierno humano: la Sultanía. Un rechazo basado en el antiguo culto oriental de la sagrada maternidad y el asesinato de varones que se hace evidente en la colocación en torno al mártir Ali de toda su "sagrada familia" gobernada por Fatima, la madre llorosa.

La historia no les ha decepcionado. En este sentido, podemos decir que han triunfado. Su mundo está en ruinas. Sus hijos mueren en suicidios inútiles: dinamita atada a la cintura y en los bolsillos un dinero de papel que se devalúa al tiempo que ellos vuelan por los aires. No les faltan motivos para llorar, pero no han conseguido nada.

Tanto la familia de Ibn Saud como Mustafa Kemal han colmado las mayores ambiciones de los enemigos del Islam. Un hijo de Saud usurpó el título del Sultán: Guardián de los Haramayn. Este acto significaba separar la Sultanía del Din, un acto paralelo a la separación hecha por Kemal entre la Sultanía y el Califato.

El desastre último y definitivo de la Umma sería permitir la instauración de Meca y Medina como ciudades que estén bajo un mandato "internacional". Esto es algo que ya está en la agenda de los kuffar una vez que aparten del poder a la familia Saud cuando ésta haya cumplido su función. El Hiyaz debe ser, inevitablemente, puesto de nuevo bajo la protección del mando islámico.

Tanto Kemal como Ibn Saud declararon la guerra a los awliyya sufis, los Shuyuj y las Turuq. Este ha sido el factor clave del ateísmo Kemalista y de la creencia anti‑profética saudi. Ningún wahabi permite que su cuerpo sea enterrado en Medina (¡qué buenas noticias!) Kemal negó el Tawhid y los saudis aunque lo confirman, niegan al Rasul. Y en consecuencia, han desmantelado el fiqh en nombre de los hadices. Fiqh significa ley aplicada. Los saudis abolieron la shari'ah. Su final, por supuesto, ha sido traicionar el tawhid, permitir la arqueología de antiguos ídolos, invitar a los kuffar a la ocupación de la tierra y traer rabinos a Arabistán para servir a las tropas U.S.A.

Todo esto pertenece a una época que ya ha pasado. La energía que arracimó a tantos en torno al eje kuffar para intentar tener un puesto en el gobierno mundial, ha colapsado por contradicciones internas; no hizo falta siquiera recurrir a oponerse o hacerles la guerra.

En esta época el poder está re‑emergiendo no sólo en la tierra islámica de Turquía sino también en las tierras turcas que están despertando, libres por fin de la tiranía rusa. La abolición del Califato no puede ser atribuida a la banal figura de Mustafa Kemal. Su fin fue en principio perpetrado por uno de sus titulares, el Sultán Mahmut II, viniendo esto a demostrar la vulnerabilidad intrínseca del ser humano. Desde esta perspectiva islámica, Kemal no hizo más que llevar el asunto a su lógica conclusión. Y, tal y como suele suceder en la historia, lo que Kemal creía ser su más poderoso y definitivo acto de destrucción, el cierre de las Tekkes y la deslegitimación de las Tariqas, fue lo que ha asegurado el triunfo definitivo del Islam. Un ejército oculto de shuyuj Bektashi, Qadiri, Naqshbandi, Shadhili y Mevlevi empezó a llamar de nuevo a la gente al Dhikr.

El retorno del Califato es inevitable. La continuidad exige que sea un mandato Osmani purificado y revitalizado. Con ello me estoy refiriendo a la shari'ah y a la Ley Kânûn y sus diversas modalidades, revisadas y fortalecidas para poder enfrentarnos a la nueva situación mundial. Que sea un Sultán de la casa de Osman no es en absoluto el punto en cuestión puesto que es su legado lo que debe ocupar el trono. Así de simple. Y ésto no es sólo un asunto turco. Es un asunto de todos nosotros, es de la Umma conforme empieza a unificarse.