El Retorno del Califato
Shaij Dr. Abdalqadir As-Sufi

'El Califato no solo es algo fundamental para el Islam
sino que es necesario para fundamentar su poder.'
TOPKAPI
"Después de la hora de la oración de Dhuhur, la banda tocaba para que la gente pudiese venir a comer".
Cuando la Conquista, el Sultán Mehmet declaró: "Desde ahora, mi trono es Estambul".
El palacio tenía dos zonas: La interna, Enderûn y la externa, Bîrûn.
Sobre la Cámara del Consejo se erigió una torre llamada la Casa de la justicia. Toda la justicia procedía del guardián de la Serîat protectora, el Sultán. Y todo lo relacionado con la justicia se traía ante él para que fuera solventado. No era una teocracia regida por sacerdotes. No era una autocracia dirigida por un dictador. Era una Nomocracia en la que gobernaba el Nomos, es decir, el modelo de justicia social.
Uniendo las dos zonas del palacio estaba el Bab‑üs Saadet. Aquí es donde el Sultán recibía a la gente, consultaba y gobernaba, administraba la justicia, recibía a los embajadores. No era una residencia real sino más bien un poblado y un eje real cuyo centro casi inexistente ‑el Sultán‑ permanecía fijo mientras que en torno a él giraba la rueda de la gran Umma‑Comunidad.
Debe enfatizarse que con la terminología y estructura de pensamiento de la ideología europea no pueden comprenderse estos dos fundamentos del gobierno Osmani. Puesto que, de hecho, son los que dan paso a una sociedad que niega el modelo europeo. En consecuencia, sus fundamentos tienen que ser destruídos por éste, dado que la eficacia, elevada cultura y estabilidad Osmani representaban una permanente demostración de superioridad. En la época actual en la que el enfermo de Europa es la misma Europa y su mutante descendiente, América, el virus modernista que en la fase terminal destruye al organismo que lo alberga, puede ser identificado ya como el monopolio bancario inflacionista que está ahora destruyendo por completo a Europa del mismo modo que en su día devastó la Osmaniyya. Está claro que la cura vendrá de la aplicación del modelo de la Osmaniyya, purificado de sus desviaciones y renovado por el retorno al modelo urálico de Medina. Éste será el camino hacia un futuro revitalizado y rescatado a tiempo del desastre humano y ecológico del ya difunto siglo XX.
Podemos observar que todos los modelos de estado europeos son esencialmente idénticos. Se trata del estado fiscal basado en impuestos injustos. Es el feudalismo evolucionario que desemboca en superestados, dictadores y masas deudoras esclavizadas. Por su naturaleza es mecánico y está predestinado a la propia auto‑destrucción. El final de su juego consiste en la bancarrota, la guerra a escala global ‑dos en cuarenta años‑, las naciones‑presidio, la autocracia policial, el terrorismo y el drogar masivamente a una clase social que está por debajo de todos los mínimos. Carente de valores, tanto en lo moral como en lo económico e incluso en la vida misma.
El poder del Sultán, y por extensión el de toda la sociedad, dependía de dos procesos en movimiento relacionados ambos con el valor y la riqueza. Ahora podemos ver hasta qué punto esas dos energías son diametralmente opuestas a la valoración y a la práctica europeas.
El Zakat y el Kul
Estos dos procesos están resguardados tanto en la Serîat como en el Kânûn por un conjunto de medidas restrictivas que ponen a salvo la justicia y la compasión.
El zakat se aplica solamente a un quinto de la riqueza y es fundamentalmente pagado en oro y plata. El uso de papel, billetes o bonos promisorios o crediticios no está permitido. El zakat: no sólo es un impuesto sobre la riqueza por el bien de la sociedad, sino que es lo que pre‑define la obligación de usar una moneda que no esté basada en la usura y que tenga valor intrínseco, como es el caso del oro, por ejemplo. La regulación del zakat permite también un impuesto extra sobre grupos minoritarios, la gente del Libro, judíos y cristianos, tanto para garantizar su protección como para impedir que usurpen el gobierno musulmán. En ese sentido, el zakat es también una protección para los judíos no sólo frente a un posible genocidio cristiano sino también ante ellos mismos, puesto que les prohíbe cambiar sus leyes económicas con el fin de permitir la usura. A esto se le denomina la Ley de los Dhimmis. Mientras esta Ley se aplicaba, estas minorías no sólo estuvieron protegidas sino que incluso prosperaron. Cuando judíos y cristianos abolieron esta Ley enarbolando el eslogan de la "igualdad", destruyeron a los musulmanes y usurparon la enorme riqueza de la Osmaniyya, reduciendo a la gente a la pobreza y la inflación (150% en nuestros días). Y ahora, en las casas de subasta del mundo entero y por fabulosas sumas de dinero ponen a la venta todo tipo de utensilios Osmanlies.
Así pues, el zakat y la Cizye (yizya) constituyen la base impositiva de la comunidad, tanto sobre los musulmanes como sobre los dhimmis.
La otra fuerza que dinamiza la sociedad es la del Kul. El Ku1 está en cautiverio. Los libres no lo están. Los libres constituyen la base segura y establecida de la sociedad. Esa sociedad, en su desarrollo y con esa energía, sale y lucha con el fin de expandirse. Debido al éxito obtenido toma prisioneros. Son cautivos. Y sin embargo, este cautiverio lejos de ser una degradación y una maldición social es, en sí mismo, un instrumento no sólo de movilidad social sino incluso de ascenso a las más altas cimas del poder y la responsabilidad política. Los Visires procedían de los Kul.
La sociedad actual, en su fase de colapso terminal, "abolió" la guerra al tiempo que creaba los refugiados. La "paz", en su necesidad de sofocar la sublevación, vomitó millones de gentes indefensas que arrojó a enormes campos de concentración o descargó en los vertederos humanos llamados favelas situados en los bordes de las ya repletas mega‑ciudades. Toda esta gente está condenada a una vida aún más baja que la de los siervos de los Zares, sin posibilidad alguna de futuro, esperanza o liberación. Esto, hoy en día, se ha convertido en algo normal.
La Serîat que permite cuatro esposas y prohíbe el acto sexual fuera de este marco, al igual que prohíbe el derecho de propiedad sobre un socio, declara también, basándose en este mismo principio, que no puede darse el placer sexual separado del lazo humano de la manutención. La mujer tiene garantizada vivienda, ropa y alimentos. Lo mismo en la guerra que en el amor. No hay victoria que no conlleve responsabilidades. Los vencidos están en depósito. No se les pone en campos penitenciarios donde mueren víctimas de la desesperación o de los asesinatos entre ellos mismos, o donde acaban haciendo trabajos forzados. Los derrotados quedan vinculados a personas, en casas y al servicio de las mismas. A los casados no se les separa. El líder‑Ghazi tiene derecho a un quinto de los cautivos. Este es el colectivo sobre el que se fundamentó la energía, el genio y la gloria artística de la Osmaniyya. Sinan, el arquitecto de fama mundial, el artífice de la Mezquita del Sultán Suleimán el Magnífico, comenzó su vida siendo un niño cautivo. De los Kul procedía la élite administrativa, los Kâdîs y los Visires.
Cada tres o siete años cerca de mil muchachos eran reclutados entre la población Kul; éstos formaban parte del Jums del Sultán, es decir, la quinta parte del botín. A esta parte se la llamaba el Devsirme.
Una vez llegados a Estambul, en una primera selección se escogían los Içoglans, que eran los pajes de servicio en palacio. Estos recibían una educación palaciega; los demás engrosaban las filas del Cuerpo de Ejército Jenízaro. De 2 a 7 años duraba la enseñanza de la lengua turca y urbanidad; después había una segunda selección llamada Çikma. Los mejores entraban en las Cámaras Mayores y Menores del Topkapi y el resto pasaba a formar parte de las divisiones de caballería Kapikulu. En esta fase, la educación consistía en equitación, tiro con arco, lucha y esgrima junto con algún tipo de arte u oficio.
Las capacidades y el carácter de cada uno eran minuciosamente valorados. Unos pasaban a estudiar la Serîat a fin de convertirse en Kâdîs o Imams; otros llegaban a ser escribanos especializados en la caligrafía.
Este sistema producía lo que uno de sus miembros definió como: "El guerrero hombre de estado, el fiel musulmán, letrado, de refinado lenguaje y honestas costumbres".
Los pajes servían en la Häs Oda, Hazine, Kiler y Serferli Oda, es decir, la Cámara Privada, el Tesoro, la Despensa y la Cámara de Campaña. Los cuarenta pajes de la Cámara Privada servían directamente al Sultán. El Häs Oda Basi, el jefe de la Cámara Privada, era la persona más cercana al Gobernante. En 1522 Suleyman I ascendió a su Häs Oda Basi al puesto de Vezir‑i‑Azam, Gran Visir. El Sultán Murad II trataba a sus Kul como si fueran sus propios hermanos. En consecuencia, el término peyorativo de esclavo no puede aplicarse en realidad a los Kul puesto que se trataba de una élite privilegiada, aunque vinculada a unos dueños. La manumisión y el matrimonio eran también caminos abiertos a través de los cuales se podía progresar de forma que, en las ciudades principales, los Kul legalmente liberados formaban el grupo más rico e influyente de la sociedad.
Las mujeres de entre los Kul se formaban siguiendo los mismos patrones educativos que los varones, aunque no estaban sujetas al Devsirme. Cuando llegaban por primera vez a palacio se las conocía con el nombre de Acemis (Ayamis), iletradas. Bajo la custodia de una mujer preparada para tal efecto, las Acemis eran criadas para llegar a ser mujeres cultas y de alta compostura. Estudiaban el 'usul de la ley, bordado, costura, danza, música, caligrafía y lectura. Podían llegar a tres niveles diferentes de educación: Sägird, Gedikli y Usta, términos correspondientes a los niveles especializados de aprendizaje existentes en un gremio desde el nivel de aprendiz hasta el de maestro. De entre las Gedikli el Sultán podía elegir a sus compañeras, que obtenían así el título de Hâseki. Las cuatro esposas permitidas por la ley tenían el título honorífico de Kadin y eran las más privilegiadas. Suleimán el Magnífico se casó con Roxelana, su (así llamada hoy en día) esclava rusa. Todas estas mujeres vivían en un ambiente extremadamente culto y creativo. Financiaban la construcción de mezquitas, hospitales y madrasas. La mayor parte de las doncellas de palacio se casaban con los pajes e iban con ellos a los destinos que les correspondiese en las ciudades de provincias. En 1688 el sistema Kul fue definido por el escritor francés Rycaut de la siguiente manera: "Si se examina con ponderación su forma de organización, es una de las más civilizadas del mundo".
El Harén, por su parte, era justo lo opuesto a la obscena fantasía sexual inventada por escritores y viajeros europeos. Lejos de ser la cloaca de una decadente permisividad sexual, era un sistema educativo riguroso y variado que producía una élite femenina dotada de considerable influencia, cuya posibilidad de expresión configuraba el destino de una extensa comunidad islámica.
Así pues, ni Topkapi era un "palacio" según la idea occidental ni tampoco los Kul eran esclavos según esa misma forma de idear. Ciertamente, para hacerse una idea de lo que era en realidad el palacio del Topkapi es necesario contemplarlo desde la perspectiva equilibrada del Islam: El Topkapi era como un poblado. Era como Medina. Era el Guardián del Din. La justicia, el gobierno y los fatwa procedían de su recinto. El Topkapi producía eruditos, artistas, administradores, Kâdîs, artesanos, soldados y gobernantes. Mientras ese centro dinámico mantuvo su equilibrio y cumplió con las obligaciones de impulsar la actividad social y fomentar el yihad en las fronteras, la Umma de la Osmanliyya estuvo a salvo.
Shams‑ad‑Din, el médico egipcio del Sultán Bayezid I, escribía (1389):
"Por la mañana temprano el gobernante Otomano solía sentarse en un sofá amplío y elevado. La gente permanecía en pie a cierta distancia, en un lugar desde el que podía ver al Sultán. Todo aquél que hubiera sufrido algún ultraje se acercaba y expresaba sus quejas. El caso era juzgado inmediatamente. La seguridad en el territorio es tal, que nadie en lugar alguno osa tocar la carga de un camello cuyo dueño haya dejado sin vigilancia”.
En 1475, Mehmet el Conquistador dejó de presidir en persona las reuniones del Consejo Imperial. Sin embargo, a fin de cumplir con sus obligaciones, hizo abrir una ventana enrejada que daba al interior de la Casa de la justicia y desde la que seguía las incidencias de las sesiones. Murad III solía dejar este puesto de observación para ir a sentarse en la última fila de la Cámara cada vez que temía que no se iba a administrar la justicia con rigor. Ahmad I se sentaba a menudo en la sala de audiencias mientras se atendían los casos. De nuevo vemos que las variaciones en estas prácticas es lo que permitía la vida sana de la Osmaniyya. La clausura del Topkapi y el encarcelamiento de los Sultanes en el palacio burgués de Dolmabahçe es lo que debilitó, y finalmente destruyó, la salud inquebrantable de la Osmaniyya. El encierro de los Sultanes en este palacio fue la causa de que al mismo tiempo que se deshacía el corazón islámico del gobierno, los Sultanes empezaran a ser vistos como una versión oriental de los Borbones. Esto fue lo que los convirtió en objetivos adecuados para una revolución al estilo 1789.
Los Sultanes tenían la costumbre de mezclarse con la gente para enterarse de sus dificultades o evaluar su situación. Era una tradición. Suleimán el Magnífico se disfrazaba de Sipâhî y el Sultán Ahmad II se vestía de derviche Mevlevî para poder mezclarse con la gente.
El Gran Visir tenía la obligación de comprobar en los puestos los precios del mercado para a continuación informar al Sultán.
Toda reclamación podía hacerse llegar al Topkapi. Los Sipâhî y los Yeniçeri también tenían derecho a reclamar. En 1588, el Visir de Murad III había permitido el uso de una moneda devaluada a la mitad de lo debido, para ser utilizada en la paga de los soldados. Estos consiguieron un fetvâ del Seyhulislâm que confirmaba lo haram de dicha práctica. Los soldados fueron al Topkapi y exigieron la muerte de Mehmet Pasha, el Visir culpable. Desde su ventana, y con el consejo de sus ministros, el Sultán ordenó la ejecución de su Gran Visir y la del jefe Defterdâr, Responsable del Tesoro.
Cada decisión era tomada tras largas y profundas deliberaciones. El Gran Visir presidía el Consejo Consultivo reunido ante el Sultán, otros visires, mandos militares y consejeros locales. A veces, esos Consejos llegaron a deponer al mismo Gobernante.
Tres elementos gobernaban la sociedad: el político, el jurídico y el económico. Los Visires supervisaban el área política. Dos Kâdîaskers, el jurídico, y el Defterdärs, las finanzas. El Nisanci era el Guardián de la Tughra, el sello del Sultán.
El equilibrio entre estos poderes aseguraba la buena marcha del Califato. El Gran Visir no podía mandar sobre el Aga de los Yeniçeri. Este, a su vez, era nombrado directamente por el Sultán. No obstante, el mayor poder independiente del Gran Visir era el formado por los ulama'. Los Kâdîaskers de Anatolia y Rumelia, con poder para nombrar y cesar a los Kâdis, eran responsables de la correcta aplicación y administración de los juicios de la Serîat. La máxima figura entre los ulama' era el Seyhulislâm, de igual modo que el Gran Visir era el jefe Ejecutivo. En consecuencia, estos dos últimos además del Sultán, y a veces con una cuarta influencia también relevante, como la Wâlide Sultán, la madre del Sultán o una de sus esposas más antiguas, actuaban recíprocamente y se equilibraban mutuamente, limitando y afinando los deseos personales de poder. A estos cuatro poderes públicos podía añadirse un quinto poder velado que significaba una influencia, guía e impulso de naturaleza muy distinta: el shayj del Sultán. Cada Sultán tenía un shayj sufi que le asistía como maestro espiritual. Según tiempo y ocasión, esta tarea fue desempeñada por shuyuj de órdenes diferentes. El guía espiritual de Murad III era Shayj Süccâ, de la orden Halvetî. Otros sultanes tuvieron maestros Naksbendî. El Sultán Abdalhamid II seguía a un shayj de África del Norte que pertenecía a la Orden Shadhiliyya.
El resultado final de esta quíntuple compensación de energías en el mismo centro del nexo de poder, constituía algo completamente distinto a la autocracia, y hacía que la dictadura fuera totalmente imposible. Que el barco llegara a buen puerto formaba parte del interés de todos. La prueba de su eficacia es que lo hizo llegar durante cientos de años. Dado que lo que aquí ponemos de manifiesto es la absoluta falsedad de la visión europea con respecto al genio de la Osmaniyya, debemos deducir que la versión europea de su colapso tiene que estar también contaminada y es por necesidad engañosa. Antes de examinar este tema crucial y actual, debemos decir algo más sobre la notable manera en la que eran gobernados los dominios de la Osmaniyya.
Lo que ocurría en Topkapi se daba igual en el gobierno de las provincias. El mismo equilibrio y la misma separación de funciones para impedir que el poder fuera inaccesible.
En la provincia, el Bey representaba la autoridad ejecutiva del Sultán. El Bey procedía de la élite militar. El Kâdî representaba la autoridad legal del Sultán. Procedía de la élite de los ulama'. El Bey no podía ordenar un castigo sin contar primero con el juicio del Kâdî.
El Kâdî, a su vez, no podía ejecutar su propia sentencia. Cuando se trataba de aplicar la Serîat y el Kânûn, el Kâdî, era independiente del Bey.
Cada unidad administrativa, o Sanyak, es decir, cada territorio bajo el estandarte del Sultán, era gobernado por su Sanyak Beyi o Gobernador. Posteriormente, y conforme se expandía el territorio, se nombró a un Beylerbeyi que estaba a la cabeza de los anteriores. A partir de 1590, los Beylerbeyiliks, entonces llamados Eyalets, cubrían un territorio limitado. En estas unidades existía un complejo sistema de colecta y desembolso del zakat. A esto se le llamaba el régimen Timar que, al estar absolutamente basado en la Ley Islámica, no permitía el menor atisbo de feudalismo o tendencias similares. En el núcleo de la total diferencia cualitativa existente entre la Osmaniya islámica y el Imperio Romano Judeo‑Cristiano, es donde podemos encontrar el motor de la renta del Zakat‑Timar. El modelo cristiano es predestinadamente feudal. Admite el principio de la propiedad de la tierra; házlo luego pasar por el mecanismo de la primogenitura, conviértelo en gigantesco con el engaño de la usura y pasarás inevitablemente del intercambio mercantil al capitalismo monopolista. El resultado es la sociedad burguesa. El modelo islámico, ‑en sí mismo una guerra contra la usura‑ proporciona una dinámica en la cual un comercio en constante expansión es la consecuencia de la apertura de nuevos territorios mediante el yihad.
Toda la tierra pertenecía al Sultán; es decir, la tierra pertenecía a Allah, y era administrada en Su nombre en beneficio de la gente. La principal excepción era la tierra Vakîf, destinada a las buenas obras. Si un Vakîf se extinguía, pasaba a manos del Sultán. En 1528 cerca del 87% de la tierra era Mîrî, o propiedad del Sultán. La decadencia de este principio anti‑feudal ha sido considerada por los escritores Osmani como una de las razones principales del ocaso del Califato.
De igual manera que Topkapi era el motor del vasto Califato de los Osmani, también las ciudades y los pueblos tenían una serie de centros que actuaban como motores de refuerzo; son los Imâret, esa institución, o mejor dicho, ese organismo exclusivamente islámico. Y aquí de nuevo tenemos la ocasión de repetir que la terminología europea es inadecuada al método de la civilización Osmani. El Imâret se encuentra en el centro mismo del modo de vida de la Osmaniyya. En el Imâret es donde puede reconocerse el patrón inicial de Medina en su perfección original. En su significado árabe, Medina es el Lugar del Din; éste fue el nombre que dio el Rasul, al que Allah bendiga y conceda paz, a ese modelo básico de sociedad que Allah, exaltado sea, ordenó a Su Mensajero. Está basado en dos centros: la mezquita y el mercado. Islam sólo puede existir cuando estos dos centros funcionan bajo el mandato de Allah y del Rasul.
El Imâret con todo el genio y adaptabilidad de los Osmani, gobernantes y gentes, es la respuesta histórica al mandato original.
El Imâret, definido cínicamente hoy día, por los pretendidos eruditos europeos, como "Complejo de Mezquita", consistía en mezquita y mercado, madrasa, hospital, fuente, caravanserai para alojar a los comerciantes de paso, hamam, molino, tintorería y comedor para los necesitados.
El Imâret estaba establecido como un vakîf bajo las leyes de la Serîat. En consecuencia, cada ciudad Osmanli tenía una gran mezquita y a su lado un Bedestán, esto es, un mercado cubierto. Esta era la base islámica Mediní del Califato.
El Bedestán construído en 1340 por Orhan Ghâzî es en nuestros días el centro del comercio de la ciudad de Estambul. Sólo que, con aquéllo que se llamó "la modernización" de la República, lo redujeron al equivalente burgués de un centro comercial. Esto no fue sino uno más de los instrumentos de destrucción inyectado en la Osmaniyya por los banqueros europeos.
En 1459 Mehmet el Conquistador autorizó la construcción de Imârets a las personas más importantes del país. Él mismo construyó una gran mezquita con ocho madrasas, una escuela para niños, una biblioteca, un hospital, un refrectorio y dos hospederías para viajeros jada una de ellas con capacidad para 160 huéspedes. Seiscientos estudiantes asistían a las clases impartidas en las madrasas.
A los necesitados de la vecindad se les hacía llegar la comida desde estas cocinas. El hospital tenía dos médicos, un especialista de los ojos, un cirujano y un farmacéutico. Enfermeras y cocineros preparaban la comida bajo supervisión médica. Se admitía a todos aquéllos que no podían pagar o comprar las medicinas. Posteriormente se añadieron dos nuevos hospitales. Uno de ellos era sólo para mujeres. Todo esto se pagaba con ingresos procedentes de los Vakîf. En las hospederías, el alojamiento y la comida eran gratis los tres primeros días. En 1546 ya se habían fundado, en Estambul 2.517 Vakîfs sin contar los creados por la familia del Sultán. Hoy, repartidas por todo Estambul hay 1.200 mezquitas en funcionamiento, pero como consecuencia de la desastrosa aniquilación de la forma islámica de sociedad exigida a la República por los banqueros europeos, su función social se ve disminuida. Sus Vakîfs fueron nacionalizados y clausurados para ayudar a pagar los intereses de los préstamos otorgados para la puesta en marcha de la, así llamada, República moderna y secular. Medio siglo después, la inflación alcanza el 150%, el desempleo aumenta vertiginosamente y los pocos servicios sociales que quedan de los antiguos Vakîfs disminuyen día a día.
En este contexto merece la pena mencionar el caso de Sarajevo. Una forma muy común del método Otomano de Vakîf consistía en la construcción de una carretera y un puente de entrada a la ciudad confiando su mantenimiento a un Imâret cercano al puente. En Bosnia‑Herzegovina y bajo la Osmaniyya, se construyeron 232 hospederías, 18 caravanserais, 32 hoteles, 10 bedestanes y 42 puentes. El conocido puente de Mostar se construyó en 1566. El puente Kozja de Sarajevo y el puente Trebinje fueron construídos en 1550. La ciudad de Sarajevo creció en tomo a un Imâret fundado por su gobernador, Isâ Bey. Sarajevo se repartía su propio zakat. Las tropas no podían entrar en la ciudad. Prácticamente era una Ciudad-República independiente y bajo la protección del Sultán. Al inicio de este siglo, y debido a la influencia de la agitación masónica que llegaba de Macedonia, esta ciudad reclamó la independencia absoluta. Al separarse de la Sultanía de los musulmanes fue anexionada de inmediato por los cristianos austríacos. Fue atacada y sufrió el genocidio a manos de los nacionalistas serbios. Fue ocupada por la Alemania nazi. Sufrió el yugo del comunismo en la época de Tito. Cuando en 1993 se desencadenó la guerra con Serbia y Croacia, su Islam era ya casi inexistente. Pero conforme empezó el sufrimiento, se vieron trágicamente obligados a aprender la oración del funeral para poder enterrar a los suyos con honor. Y ahora, tras el armisticio, son prácticamente propiedad de las instituciones bancarias mundiales. Ésta ha sido su Liberté, Egalité, Fraternité.
La urdimbre básica del tejido cívico de la Osmaniyya es la presencia activa de los gremios en la sociedad. De nuevo nos encontramos ante un mecanismo auto‑regulado y no gobernado desde el exterior, como es el caso del sindicalismo cuyo liderazgo y riqueza le vienen del lado del capitalismo. Los gremios estaban basados en la transmisión de la enseñanza de maestro a discípulo junto al buen hacer en el oficio y una lealtad caballeresca. Los maestros gremiales, junto con los delegados del gobierno (almotácenes) y bajo la mirada del Sultán, determinaban las reglas Ihtisab, fijando y ajustando los precios y asegurando la calidad de los productos de forma tal que todo el comercio estaba encuadrado dentro de los límites de la Serîat. Esto se aplicaba tanto a los pesos y medidas como a la moneda acuñada por el Tesoro. Era la puesta en práctica del du'a del Mensajero, al que Allah bendiga y conceda paz: "Oh Allah, protege a Medina, bendícela en su dirham y en su dinar, su sa'a y su mu'ud". Es decir, en la legitimidad de su moneda, sus pesos y sus medidas.
En la Europa monopolista burguesa, como es sabido, la moneda carece de valor alguno, y en un reciente chequeo de las mercancías a la venta en un supermercado, el 50% de los productos pesaban menos de lo marcado.
Mientras el sistema gremial floreció, la totalidad de la sociedad florecía. A la llegada del siglo diecinueve, los gremios comenzaron a ser erosionados. La poderosa burguesía, con su destructiva codicia e inmoralidad, en lugar de defender el honor y la hermandad espiritual de los gremios prefirió colaborar en la caída de toda una sociedad equitativa.
Este increíble tapiz social, de esplendoroso diseño y un dédalo de luminosos detalles, suponía una sociedad humana mejor y más elevada que el intrínsicamente dañado y conflictivo modelo burgués europeo.
Para alcanzar su instante histórico de supremacía en el poder, la cultura europea tuvo que firmar un pacto con el diablo. Ciertamente, esta fue la visión de su genio más elevado, Goethe, que murió musulmán. En su obra maestra, "Fausto" narra cómo la supremacía técnica tenía un precio marcado por Shaytán. El precio en sí no era técnico. En otras palabras: lo que destruyó a Europa no fue el desarrollo industrial. No; el trato consistía en que, al firmar, Fausto obtenía el dominio sobre el mundo. El precio era, de manera casi literal, el precio. La única manera de comprar el conocimiento científico era con usura, esto es, reemplazando las monedas de oro por papel impreso.
El otro gran genio europeo, Wagner, confirmaba lo mismo al volver a narrar una antigua leyenda germana. Los Dioses Antiguos habían construído el Walhalla, un palacio desde el que gobernar el mundo. Para pagarlo robaron el anillo hecho con el oro del Rin. Para poder gobernar era necesario poner todo el oro del mundo en una cueva guardada por un dragón. Entonces, y basándose únicamente en la magia del anillo, el mundo podría ser dominado. El precio consistía en que quien se apoderase del anillo tendría como maldición la muerte y jamás podría ser amado. La forma de destruir la tiranía del anillo y la de sus dueños, era devolver el oro al río con el anillo. En el momento que esto sucedió, el Walhalla fue presa de las Ramas y los Dioses Antiguos fueron destruídos.
A ojos de sus dos mayores visionarios, Europa había firmado un pacto por el dominio del mundo mediante el control y el bloqueo de la riqueza natural mundial, no con luchas y batallas, sino con la usura y la ruina de los pueblos.
Lograron su objetivo. Han dominado el mundo entero. Pero ahora la maldición empieza a afectarles. El castigo que ellos habían impuesto a los pueblos del mundo, vuelve ahora a su propia casa trayendo consigo una destrucción única y terrible.
La Osmaniyya no fue derrotada y destruída por la guerra. Fue infiltrada y erosionada durante 150 años con un engaño nuevo y deslumbrante. Creyendo que de alguna manera estaba consiguiendo la "modernidad", es decir, la técnica, consintió entregar su riqueza. Aceptó pagar el precio. Y el precio fue la caída de toda una civilización construída sobre bases superiores, más auténticas.
A finales del periodo mágico, de 1924 a 1974, sólo medio siglo, se empezó a ver claro que la gente había caído en un engaño. La democracia resultó ser en realidad una dictadura. El Parlamento no tenía poder. El dinero no valía nada. La mágica lira de papel de la modernidad había engullido el oro para dárselo a los bancos. El dinar ya no estaba en manos de la gente. En 1532, por ejemplo, se enviaron 14.000 dinares de oro como regalo a La Meca y Medina en la caravana de los hayyis que salió de Estambul. Bajo el estandarte del Rasul, al que Allah bendiga y conceda paz, el Califato islámico había designado a Turquía como la Tierra Patria de la Umma sobresaliendo por encima de todas las naciones. Después de 1924, Turquía había sido relegada casi por completo al estatus de país tercermundista, con una sociedad en crisis y una inflación imposible de detener. Lo único que salvó a Turquía del desastre fueron los ciclos regulares de golpes de estado que se daban cada diez años, de acuerdo con las órdenes de los banqueros, y que eran seguidos de la consiguiente devaluación.
La Osmaniyya no está muerta, sólo está dormida. Lo mismo que los rusos han despertado del infierno comunista que en 1917 parecía una nueva fuerza mundial, Turquía ahora también despierta a su acervo de guardián de todos los musulmanes.
La filosofía occidental, como ya anunciara Heidegger, está muerta. No nos queda otra opción que la de levantar en alto el texto que transvalora todos los valores del intelecto: el Maznawi de Rumi. Con las tekkes abiertas de nuevo en Estambul y otras ciudades, también se abrirán en Europa y Arabistán. Somos hoy la única fuerza que puede revitalizar el futuro. Debemos tomar conciencia de la elevada empresa a la que Allah nos llama; aprovechemos la ocasión. Vivamos esta época como sus señores y como los esclavos de Allah y con amor al mayor de los muyahidun: Muhammad, salallabu alayhi wa salem.
