LA TÉCNICA DEL 'COUP DE BANQUE'

Shayj Dr. Abdalqadir As-Sufi

— I —
Y sin duda la casa de la araña es la más frágil de las casas, si supieran.
Allah conoce lo que invocáis fuera de Él. Él es el Irresistible, el Sabio.
Esas son las semblanzas con las que llamamos la atención de los hombres,
pero sólo los que saben las comprenden”
( Corán 29: 41-43).
Se mire como se mire, la situación actual en la que nos encontramos no puede ser considerada mas que como un desastre a escala global; y sin embargo se nos dice que la humanidad está logrando enormes progresos y avanza hacia un futuro que estará caracterizado por el triunfo tecnológico y el bienestar.
Siempre es posible reconocer la existencia de un cierto abismo entre la retórica y la realidad, pero lo que debemos poner en cuestión es el efecto que la presente realidad tiene y tuvo sobre el común de una gente que no sólo se ha vuelto incapaz de formular preguntas, sino también de enfrentarse al fraude absoluto al que ha sido sometida.
A fin de tener una imagen clara de las calamidades que afligen a la mayoría de las especies, tanto la humana como las del reino animal y vegetal, lo primero que hay que hacer es examinar las raíces de un sistema que por un lado carece de toda razón mientras que por el otro defiende con terquedad sus fundamentos racionales.
El siglo dieciocho fue testigo de la aparición de un movimiento intelectual llamado “La Ilustración” que, entronizando la razón y la ciencia junto a una ética sublime, intentaba conseguir la libertad y la justicia social para todos los seres humanos. Los pretendidos fundamentos de la sociedad actual, que insiste con denuedo en llamarse civilización, proceden de la Antigua Grecia. Los complejos y ritualizados patrones de la forma de vida griega tomaban su fundamento en la aplicación de rituales primitivos en los que se mataba y comía a vírgenes, madres y padres. A este hombre antiguo se le definió como Homo Necans , el hombre sacrificador. El giro radical que tuvo lugar en esa cultura aparece en el suceso registrado en el Corán donde se dice que Allah el Todopoderoso suprimió el mandato que ordenaba el sacrificio de seres humanos y lo sustituyó por el sacrificio ritual de un cordero; de esta manera se puso fin a una de las fases en la aparición de la consciencia.
Y cuando éste alcanzó la edad de acompañarle en sus tareas, le dijo:
¡Hijo mío! He visto en sueños que te sacrificaba, considera tu parecer.
Dijo: ¡Padre! Haz lo que se te ordena y si Allah quiere, encontrarás en mí a uno de los pacientes.
Y cuando ambos lo habían aceptado con sumisión, lo tumbó boca abajo.
Le gritamos: ¡Ibrahim! Ya has confirmado la visión que tuviste.
Realmente así es como recompensamos a los que hacen el bien.
Esta es, de verdad, la prueba evidente.
Y lo rescatamos poniendo en su lugar una magnífica ofrenda.
Y dejamos su memoria para la posteridad. Paz para Ibrahim”
( 37: 101-109).
La transformación del Homo Necans en Homo Sapiens significó en la sociedad griega que el sacrificio humano pasara de ser una realidad efectiva a una realidad representada; ésto es lo que produjo las ahora llamadas tragedias teatrales de Esquilo y Eurípides cuyos dramas giran en torno al parricidio, el matricidio y el fratricidio.
Debemos hacer una distinción entre lo que es la guerra, el acto de confrontar al enemigo, y lo que es el estado de impotencia en el que se encuentra una sociedad humana carente de enemigo y por tanto privada de ese elemento esencial para su bienestar del cual depende su propia supervivencia. El escritor Konrad Lorenz declara en su obra maestra Das Sogenante Böse que: “La amenaza más acuciante de una especie animal no es ‘el enemigo devorador' sino el competidor”. Y sigue diciendo: “La situación cultural y tecnológica de la sociedad actual nos hace pensar con motivos suficientes que el mayor de los peligros es la agresión específica que se produce en su interior”. Cuando el libro de Lorenz apareció en Viena en el año 1963 causó un gran escándalo entre los vencedores de la guerra suicida que tuvo lugar desde el año 1914 hasta el 1945. La tesis del libro era bastante sencilla: “Jamás se ha podido constatar que el objetivo de la agresión fuera el exterminio de los propios miembros de la especie en cuestión”. Y también: “Lo que descubrimos es que la agresión, lejos de ser el principio diabólico y destructivo que postula el psicoanálisis, forma en realidad parte esencial del mecanismo de preservación de la vida por parte de la organización de los instintos”.
En la Azora An-Nisa del Corán, Allah dice a los musulmanes que: “Es cierto que los kafirun son para vosotros enemigos declarados” (4: 101).
Si examinamos la dialéctica y los principios fundacionales de esta miserable sociedad en plena agonía, lo que descubrimos es que todos gravitan en torno a una serie de programas conscientes de tipo estructural cuyo cumplimiento ineludible exige la degradación y la masacre de una parte de la sociedad a manos de la otra. Cuando estudiamos el desarrollo de la política modernista del siglo veinte, cuando contemplamos el exterminio masivo de los judíos a manos de los Nacional Socialistas y la aún mayor masacre de los campesinos Kulak y la burguesía perpetrada por los comunistas —una persecución aparentemente motivada por razones de raza y clase social— no podemos obviar el hecho fundamental de que, en ambos casos, lo que estaba ocurriendo era el genocidio de una parte de la ciudadanía perpetrado por la parte más militante de esa misma ciudadanía.
La Ilustración permite contemplar la aparición a plena luz del día de las consecuencias de una rígida aplicación de los principios de una escuela de pensamiento que tiene su origen en los filósofos griegos. Los griegos de la antigüedad, una vez dominadas las oscuras fuerzas prístinas de la especie humana con la profunda terapia social del teatro trágico, —cuyo objetivo final era producir una catarsis específicamente diseñada para actuar como purga de los instintos del crimen familiar— comenzaron a examinar de forma sistemática las cuestiones sociales propias del ser humano. Este sistema era la filosofía. Los filósofos asumieron la tarea de trazar el diseño fundamental con el que indicar la forma en la que la sociedad humana debería organizarse. La teoría del Estado se convirtió en el tema central de la pasión intelectual. Los modelos platónicos y aristotélicos se establecieron como los módulos de construcción de toda la teoría política que surgió en Europa mucho tiempo después de que hubieran desaparecido los patrones sociales vigentes en la época de su formulación: las pequeñas ciudades-estado, una élite electoral limitada, la esclavitud institucional y la participación directa aunque no representativa. El siglo dieciocho fue testigo de una entrega entusiasta a las prácticas del estructuralismo y de un pensamiento sistemático que —a pesar de su rigidez y su confinamiento— surgió acompañado de una desmedida exaltación poética del individuo y su independencia. A pesar de la visión y la titánica llamada de atención del sabio alemán Goethe para hacer entender que la naturaleza es un organismo y no un sistema, las doctrinas establecidas en el siglo dieciocho fueron rápidamente aplicadas al contexto de los destinos de los seres humanos. En lo que vamos a examinar a continuación es necesario tener presente que la Biblia de cabecera de Robespierre fue Rousseau.
Durante las fastuosas y extravagantes celebraciones del segundo centenario de la Revolución Francesa, —acontecimiento que costó cientos de millones de francos pagados generosamente por las instituciones bancarias, cosa que no debería sorprendernos— surgió una extensa colección de nuevos estudios históricos sobre la Revolución, acompañada de reediciones de los grandes clásicos como Michelet. Después de los doscientos años transcurridos era de esperar que esta gran sociedad racional que proclamaba ser hija de la Revolución hubiera alcanzado una visión mas abierta y desapegada de cada uno de los aspectos contenidos en el suceso que conmovió al mundo entero. Sólo en la evaluación de la monarquía la perspectiva fue más justa y generosa. Un juicio televisivo en el que participaron abogados franceses de prestigio, dio la absolución a Luis XIV en una sentencia emitida por un jurado compuesto de ciudadanos franceses. Sin embargo, en toda la literatura producida para la ocasión hubo un suceso esquivado y una gente marginada, ignorada o definida de manera que su trágico destino pareciera ser el precio inevitable que tenía que pagar todo aquél que se resistiese al avance del Progreso. Estoy hablando de la heróica e indómita insurrección de la región de La Vendée frente a las fuerzas de la Revolución. Los historiadores y analistas dispuestos a admitir que todo lo sucedido en La Vendée era un hecho innegable, seguían todavía insistiendo en un elemento que aseguraba la imposibilidad de contemplar lo sucedido en términos diferentes a los establecidos por ellos. En el caso de Alemania, todo estudio del genocidio nazi que tratara de expresarse con los términos de las tesis nazis sería rechazado con horror. De igual manera, los intentos llevados a cabo por los intelectuales europeos, marxistas y neo-marxistas como Sartre, para justificar la represión a la que fue sometido el pueblo húngaro y el genocidio de los Gulags que tomaron como punto de partida una dialéctica basada en la doctrina de la lucha de clases, han tenido que ser finalmente abandonados. Sin embargo, doscientos años después de la Revolución Francesa, la masacre de La Vendée se presentaba, de forma desvergonzada, como la respuesta a la contra-Revolución, un término utilizado por primera vez para poder racionalizar —puesto que ésto es lo que exige el método racional— esta tragedia, tema que estudiaremos más adelante.
La moderna construcción del sistema político estatal que toma su origen de la Revolución Francesa, ha producido un método y un vocabulario abstracto cuyo propósito es la deshumanización de sus enemigos. Desde el Comité para la Seguridad Ciudadana de la Francia revolucionaria hasta el Politburó de la Rusia soviética, términos tales como “enemigo del pueblo”, “reaccionario” y “contra-revolucionario”, lejos de ser términos fríos y científicos, son términos que vemos siempre presentes en las órdenes y las ejecuciones de asesinatos masivos. Un siglo después de la Revolución todavía existía un debate complejo y apasionado sobre las terribles contradicciones contenidas en el espantoso suceso de La Vendée. Por un lado teníamos a Michelet con sus declaraciones basadas en la nueva retórica idealista y en una forma de presentar la gran mentira en la que el héroe es el Pueblo —una entidad sin existencia biológica o histórica. Por otro lado aparecía Burke con sus Reflexiones críticas y pragmáticas en las que nos daba una visión pesimista del suceso como precursor de tiempos aún peores. El intelecto titánico de Carlyle suscitó la cuestión de la existencia del proceso histórico. Al analizar la saña y la rapidez con las que transcurrieron los hechos, describió a los personajes involucrados como meros trozos de madera y ramas de árboles arrastrados por un torrente que, coronado con la espuma de los acontecimientos, se precipitaba hacia el océano. Su visión, que se fue afinando con el paso del tiempo y la amarga realidad de la situación contemporánea, ponía fin a la paradoja contenida en los acontecimientos: que siendo cierto que el Antiguo Régimen tenía que ser erradicado, no es menos cierto que lo que ocupó su lugar fue algo aún más terrible, aunque inevitable. Grandes escritores como Scott y Stendhal se enfrentaron al enigma que encierra una Revolución que dio lugar a la dictadura monárquica de un genio espectacular: Napoleón. No obstante, desde aquéllos días en los que los grandes intelectos se esforzaban por descifrar la historia, y el capitalismo burgués avanzaba de forma imparable, la Revolución Francesa se ha convertido en el mito sacrosanto con el que se quiere representar el anhelo del ser humano por alcanzar la libertad, al tiempo que se la ha concedido la autoridad religiosa con la que dar legitimidad a un Estado moderno que, proclamándose democrático, fue una invención del dictador Bonaparte. Así es como en el doscientos aniversario de la Revolución Francesa la historia ha sido re-escrita. La Vendée, escenario de una resistencia heróica, en el marco de esta revisión se convirtió en una nota marginal que cada vez que era mencionada, los autores indicaban que los crímenes habían sido cometidos también por los mismos habitantes de La Vendée. Con ello se abrió el camino del razonamiento que iba a ser esgrimido ante las vergonzosas masacres de Kosovo y Chechenia.
En las presentes versiones oficiales de la Revolución Francesa, la historia sorprendente del Collar de la Reina se contempla como una metáfora histórica que indica la corrupción de una monarquía en plena decadencia. Una metáfora más apropiada con la que anunciar la sangrienta riada que vino después sería sin duda la guillotina. La guillotina aparece por primera vez ante el Tribunal del Pueblo como un modelo presentado por un médico diputado que deseaba someterlo al estudio de los representantes del pueblo. Henchido de orgullo, el médico diputado declaró: “El mecanismo cae súbitamente, la cabeza sale volando, la sangre surge con fuerza, el hombre deja de existir. Aunque haya vivido como un villano, la Nación le concede el honor de morir con dignidad. Una dignidad recíproca que brillará sobre la República y sobre su Código”. Mirabeau apoyó el proyecto con tanto entusiasmo que el invento del doctor Guillotin estuvo a punto de recibir el nombre de la “Mirabelle”. Era la democracia brillando en todo su esplendor. Se nombró a un comité de expertos en anatomía, cirugía, carpintería y mecánica. Todo fue sometido a debate. La altura de la hoja, la anchura del instrumento, el grosor de la cuerda, la polea, el entarimado para la víctima. La hoja se convirtió en la cuestión fundamental. Luis XVI, cerrajero aficionado, dedicó muchas horas a esta parte del invento —¿Era mejor que fuese recta, curva u oblicua? Luego llegó el momento de las pruebas, primero con ovejas y luego con cadáveres. El “ensayo”, que tuvo lugar en el patio del Hospice de Bicetre y la “première” en la Place de Grève, fueron un éxito absoluto. El mismo Luis XVI firmó de su puño y letra el decreto que ordenaba su puesta en funcionamiento en todo el reino. Cuando observamos la enorme popularidad de este instrumento letal es necesario recordar a Michelet. Desde sus principios, el carácter particular de la Revolución Francesa, bastante nuevo en la historia, se discierne claramente. La Revolución, con toda su urgencia devastadora, fue alentada por la filosofía; y la filosofía, como ya dijimos, es un procedimiento diseñado para crear un modelo de Estado que debe estar sometido a las disciplinas de esa metodología tan bien pensada. Dicho con otras palabras: el Estado deberá ser un sistema; ¿Pero que es ésto sino una máquina? ¿Y acaso no es eso la ciencia en sí? Cuando el Estado se convierte en un instrumento científico, la apariencia es que lo que está gobernando es la naturaleza misma de la ciencia. Todo parece seguir una lógica interna, un presente sometido al análisis, un proyecto de futuro, un diagnóstico del pasado... Esto es lo que dicta y ordena el camino de la acción. Pero la metodología científica oculta una verdad terrible e ineludible: que en todo caso, estos procesos se ponen en marcha gracias a la voluntad de un solo individuo. Si la guillotina es la metáfora perfecta del Estado estructuralista en sus comienzos más primitivos, no hay duda entonces de que el campo de concentración y el Gulag son la expresión mas sublime, si queremos utilizar ahora un adjetivo científico apropiado, de la realización evolutiva. Se puede trazar una línea que partiendo del Fiscal del Pueblo, Fouquier-Tinville, henchido de un entusiasmo cínico y arrogante a la hora de enviar a la gente a la muerte, alabando la guillotina y afirmando con entusiasmo: “Las cabezas caen por docenas, como si fueran las pizarras de un tejado en la tormenta”, pasa luego por la respuesta que este mismo Fiscal dio al joven que sentado en el banquillo de los acusados dijo: “Señor ciudadano presidente, mi nombre no está en la lista, ¿puedo irme ya?” “Pero ¿a qué esperáis?” dijo Fouquier “¡Ponedlo en la lista inmediatamente!”; la línea finaliza luego con los cínicos procedimientos de los tribunales de la KGB que narra Solzhenitsyn.
En cierta ocasión Stalin visitó una fábrica y se dispuso a decir unas palabras a los trabajadores de la misma. Todos y cada uno de los presentes se pusieron en pie y comenzaron a aplaudir sin que, presas del más profundo terror, se atrevieran a detener sus aplausos. En un momento dado, uno de los capataces dejó de aplaudir y se sentó, acción que todos imitaron. Un mes más tarde, el capataz fue sentenciado de por vida al Gulag de Siberia a pesar de declarar una y otra vez su inocencia. Cuando abandonaba la sala donde se había celebrado el juicio, el fiscal le dijo: “Esto te enseñará a no ser el primero en dejar de aplaudir”.
La guillotina sigue siendo todavía la metáfora perfecta de la democracia política. Un instrumento frío y científico diseñado para producir una muerta rápida basada en principios científicos firmemente establecidos. Pero la realidad era justo lo contrario. Cuando el verdugo alzó la cabeza recién cortada de una mujer especialmente odiada por la muchedumbre (el Pueblo), la abofeteó y la cabeza enrojeció con el golpe. Los observadores situados junto al patíbulo narran que las cabezas caídas en la cesta seguían moviéndose y haciendo muecas. Esta cesta tenía que cambiarse cada tres meses porque las cabezas cortadas de las víctimas la mordían con desesperación. El programa genocida —cuyo resultado iba a ser la tortura y esta horrible muerte a gran escala— fue el producto de una metodología, de unos cálculos, de un plan sistemático y de una doctrina filosófica. La frase de Fouquier: “¡Pronto podremos poner el letrero de ‘Se alquila' en la puerta de todas las prisiones!” implica el mismo procedimiento para alcanzar un nivel de mortandad tan estadísticamente aceptable como el alcanzado por aquel Comisario del Pueblo que arrojaba al Volga a los condenados a trabajos forzados para así solucionar el problema de la masificación. En su extenso estudio sobre los Gulags, Solzhenitsyn demuestra con rigor que los asesinatos en masa del régimen estalinista no fueron perpetrados como una afrenta a la Constitución sino que eran el resultado de su minuciosa aplicación. Cuando se concedió a cada distrito el derecho a detener a un cierto número de personas, digamos quinientas, y sólo cincuenta sospechosos habían sido arrestados, la policía local se sentía obligada a encontrar a otros cuatrocientos cincuenta para dar cumplimiento a sus deberes constitucionales.
El elemento vital que debe ser entendido, es la armonía que existe entre el gobierno estructural y la acción sádica y asesina. El hecho es —y es un hecho brutal al que hay que enfrentarse— que el gobierno del Pueblo, por el Pueblo y para el Pueblo mientras perdure sobre la faz de la tierra, siempre será un gobierno que producirá la guerra civil, los campos de concentración, las ejecuciones, el genocidio y la dictadura, puesto que es una forma de gobierno que dictamina que los individuos más bajos, más malignos, más reprimidos y más desequilibrados tengan acceso a ese instrumento de poder que es el Estado estructural; un sistema que ellos, carentes del intelecto o la visión para diseñarlo, utilizan para satisfacer las fantasías más asombrosas que se les ocurren cuyos límites sólo son establecidos por sus circunstancias particulares.
La definición que Bernard Shaw hace de la democracia en su obra “Geneva” en la que dice que es “Un cualquiera que es elegido por todos” no es más que la mitad de lo contenido en el desastre llamado democracia. La otra mitad, que se combina con el primer elemento para crear el mencionado desastre, es la colocación de una persona inadecuada en el conjunto de mecanismos pre-existentes que se conoce como Gobierno Constitucional, permitiendo con ello que la voluntad de una persona elegida al azar dé rienda suelta a sus impulsos internos a través de los mecanismos del Estado fiscal y carcelario. Pruebas evidentes de esta relación entre la democracia del Gobierno Representativo y la persona investida del poder pueden encontrarse una y otra vez en los Congresos democráticos de toda Europa. En una reunión de la Asamblea francesa se condenó a la guillotina a veintidós diputados Girondinos. Cuando Valazé, uno de los diputados condenados, se suicidó en su escaño con un puñal, Fouquier ordenó, gritando fuera de sí, que el cadáver fuera guillotinado. Se podría afirmar que esto es un suceso asombroso, pero aún lo es más el los Representantes elegidos del Pueblo no parecieran alarmarse por ello. La oratoria imperante hablaba de regenerar al Pueblo Francés, de podar las ramas podridas, de limpiar la Revolución. Con estos términos —la Retórica Sublime— se estaba dando pie a la legitimación del genocidio. Una prosa igualmente sublime es la que podemos encontrar mas tarde en el Senado de los EE.UU. a la hora de autorizar —es decir, conceder un permiso Constitucional estructurado— el exterminio de los pueblos nativos americanos borrándolos de la faz de la tierra. Un grupo de expertos encargado de evaluar este tema llegó a la conclusión de que los aborígenes americanos no eran seres humanos civilizados puesto que no erigían monumentos construídos en piedra. Esta clasificación en humanos e infra-humanos ha sido aplicada a la raza judía, a los campesinos Kulaks, a la nación de los Navajos, a los musulmanes de Bosnia, a los musulmanes de Kosovo y a los musulmanes de Chechenia. Y ahora se aplica impunemente a los millones de musulmanes del Turquestán oriental que son castrados, esterilizados, torturados y encarcelados por un gobierno elegido que los define como infra-humanos y cuyo genocidio es cortésmente ignorado por el resto de los Estados democráticos.
Tras la muerte de Danton, al que ni siquiera se dejó hablar para defenderse a sí mismo puesto que de hacerlo el Pueblo le habría absuelto, las ejecuciones aumentaron su siniestro ritmo. En París, en una sola sesión, fueron condenadas ciento cincuenta personas. En el momento culminante del poder de Fouquier, y a fin de intimidar a la Asamblea, hizo colocar una guillotina en el centro de la Cámara de Reuniones para que nadie dudara del lugar donde radicaba el poder. Alejandro Dumas, a pesar de su entrega absoluta a las ideas de la República, era un hombre demasiado extraordinario como para negar lo que él sabía que era una contradicción insostenible. En su extensa “Historia de Francia” , cuando el protagonista principal sube al patíbulo declara: “Antes de morir es costumbre desear larga vida a alguien. Antes se decía: ‘¡Larga vida al Rey!' Pero ahora ya no hay Rey. Luego se decía: ‘¡Larga vida a la Libertad!' Pero ya no hay libertad. Así pues gritemos: ‘¡Larga vida al verdugo! cuyo trabajo a todos nos une'”.
Esta es la razón de que cuando el gobierno democrático de la Revolución hizo un llamamiento en favor de la justicia, lo que siguió de forma inevitable fue un acontecimiento estructuralista, autorizado por la Asamblea y por la totalidad de la estructura de poder del Estado, desde el Comité Revolucionario al Tribunal, la Comisión Militar y el Gobierno Local; y todo ello enfatizado con las frases más terribles diseñadas para causar y asegurar el terror dondequiera que se usaran: Los Poderes Especiales. Habiéndose constituido esta forma de gobierno con el Terror y habiendo alcanzando su horror más despiadado en La Vendée, su efecto iba a resonar a lo largo de doscientos años de aplicación sistemática por toda Europa causando el arresto de los más grandes, Wagner y Bakunin, Hugo y Chenier, y también de una cantidad innumerable de personas desde Odesa hasta Belfast. Georges Amiand, en su estudio definitivo “Et La Vendée sera Détruite” , afirma que los horrores perpetrados en La Vendée fueron aplicados con todo método y rigor. En su análisis define cinco niveles: constitución de contingentes, detenciones, juicios, ejecuciones y desalojos. Los cinco estadíos estaban bajo el control de la administración local, pero los tres primeros dependían de los ciudadanos que actuaban como representantes del Pueblo. Los resultados, lejos de ser fríos procedimientos científicos, son horripilantes. Amiand describe por ejemplo el día en el que, a instancias de los Representantes del Pueblo, las carretas se llenaron de niños y muchachas a los que el gobierno había olvidado juzgar, y fueron conducidas por la ciudad de Nantes hasta llegar a la Place de Bouffay donde les esperaba la guillotina. Las madres ayudaron a sus hijas a subir al patíbulo mientras el Pueblo contemplaba con sumo respeto la ejecución de los niños y las jóvenes. Carrier, la máxima autoridad de la República en el distrito, había ordenado pintar de rojo el pavimento de la plaza para disimular la sangre que corrió a raudales. Cuando las jóvenes eran alineadas para subir al patíbulo comenzaron a entonar una serie de cánticos. Dos días más tarde el verdugo moría de vergüenza. A pesar de todo, la represión del alzamiento de La Vendée contabilizó no menos de doce mil enterramientos en un periodo de ocho meses. Carrier comprobó que la guillotina no servía para la tarea necesaria. Había que hacer algo. En consecuencia declaró que el río Loira era Republicano y Revolucionario. Un nuevo sistema se puso en práctica inmediatamente. En la noche del 18 de Noviembre de 1793, noventa sacerdotes que habían rehusado juramentar la Constitución Civil fueron conducidos al río a una barcaza llamada La Gloire; una vez en ella fueron encerrados en la bodega y en medio de la noche los guardas que los custodiaban hundieron la barcaza. La cárcel estaba ahora vacía y lista para recibir más detenidos. Carrier bromeaba diciendo: “Si esos bandidos encarcelados se quejaban del hambre que pasaban, ahora al menos ya no se quejarán de tener sed”. El término utilizado para describir este método tan popular fue “Deportación Vertical”.
El 10 de Diciembre del mismo año, cincuenta y ocho sacerdotes de Angers tuvieron el mismo destino. El 14 de Diciembre le tocó el turno a ciento cincuenta civiles. El 22 De diciembre a trescientos cincuenta. El 23 a ochocientos. La Nochebuena de ese año a trescientos. El día de Navidad fueron doscientos. El 27 de Diciembre, quinientos. El siniestro método de ejecución comenzó a aplicarse distrito tras distrito. Se le llamaba el Bautismo Patriótico. En un solo mes fueron ahogadas cinco mil personas. Pero todo ésto no era más que una parte del genocidio; hay que añadir los pelotones de ejecución de Gigant y las carretas que diariamente iban llenas de gente hacia la guillotina mandadas por Bouffay. Así fue como en La Vendée doce mil personas —hombres, mujeres y niños— fueron asesinadas por razones de Estado. El general Gringnon alardeaba de “¡estar matando más de doscientos al día!” El general Huché decía: “¡En dos días hemos matado a doscientos!” El general Cordelier: “Hemos pasado por la bayoneta a un pueblo entero”. Y el gran verdugo de La Vendée, Turreau, podía presumir de haber matado a quinientos sesenta y cuatro en Lucs-sur-Boulogne, a trescientos en Gaubretière, trescientos cincuenta en Verrie, ciento sesenta en Brouzils y cientos más en Herbiers, Loroux-Bootereau, Legé, Cholet y Vézins. La consigna era: La Vendée, Cementerio Nacional.
Para asombro de la Convención de París, las fuerzas de La Vendée fueron capaces de rechazar el ataque del ejército Republicano. En su discurso a la Convención, Robespierre mostraba su elocuencia: “Esta derrota no es un mero revés militar. En la lucha de la Libertad contra la Tiranía es necesario dar un ejemplo”. Una sola palabra era suficiente. Marcé, el jefe Republicano, fue condenado a muerte y guillotinado pocas semanas antes de la llegada de Turreau. Amiand, el historiador de los sucesos de La Vendée, expone su caso de forma rotunda en contra del nuevo gobierno democrático Republicano y acusa a sus miembros de ser los responsables directos de la masacre perpetrada en aquella provincia. Se llamó a la movilización general para luchar contra los habitantes de La Vendée, sus bienes fueron expropiados, sus bosques destruidos, sus cosechas confiscadas, poblaciones enteras fueron deportadas, incluidos intelectuales revolucionarios con el único fin de lavar sus cerebros de cualquier idea religiosa, se hizo un nuevo establecimiento de colonos e incluso la ciencia fue aplicada a la resolución de la crisis. En el Palais des Débats un comité científico comenzó a utilizar armas químicas. Los gases tóxicos se probaron en ovejas y murieron asfixiados la mitad de los animales contaminados. Carrier declaró lleno de exaltación: “¡Ahora sólo nos queda poner arsénico en los pozos!” Y así fue como dieron comienzo en la historia de Europa las muertes por gas de las personas a las que antes se había dado el título de ciudadanos. La llegada de Turreau fue el momento de las peores atrocidades cometidas a gran escala. El 21 de Enero de 1794, aniversario de la ejecución de Luis XVI, La Vendée fue ocupada militarmente y comenzó la masacre.
Turreau ordenó: “Para eliminar esta horda de bandidos considero indispensable quemar aldeas, villas, pueblos y granjas. Y para ello exijo una autorización expresa para hacerlo”. Las mujeres y los niños tenían que ser pasados por la espada. “Si mis intenciones se llevan a la práctica, en dos semanas no habrá casa, poblado o habitante que quede vivo”. La orden de Turreau se conserva escrita de su puño y letra: “Deben someterse al fuego los pueblos, las aldeas, los bosques y las tierras de cultivo. Hay que emplear cualquier método para descubrir a los rebeldes. Y cada uno de éstos debe ser acuchillado con la bayoneta. Hágase lo mismo con las mujeres, las jóvenes y los niños”. Firmado: Turreau, General y Jefe del Ejército Occidental. La Convención de París autorizó la operación. Se trataba de un argumento científico y racional. El trabajo debía estar acabado el día tres o cuatro de febrero para que la República pudiese disponer de doce mil hombres a los que poder enviar a otro campo de batalla. El humanismo basado en sus métodos y principios fundamentales, había por fin logrado realizar sus posibilidades más elevadas.
Así fue como los soldados de la nueva sociedad arrasaron las provincias occidentales de Francia sin saber que para esas fechas el inventor del lema “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!”, el editor Mémoro, había pasado ya por la guillotina. El 5 de Diciembre de 1790 Robespierre esbozaba los principios del lema revolucionario ante la misma Convención que había mandado a su autor a la guillotina. Robespierre anunciaba: “La especie humana es la soberana en la tierra”.
En su marcha por La Vendée, los defensores de esta nueva y elevada religión se emborracharon, violaron y asesinaron, adornando sus cuellos con collares de orejas humanas y ensartando en sus bayonetas las cabezas de niños recién nacidos. En Nantes se obtuvieron vasijas llenas de grasa humana que procedía de las personas quemadas en un horno. En Ponts-de-Cé, los médicos seleccionaron algunas víctimas para desollarlas en una fábrica de curtidos y llevar a cabo experimentos científicos. Desde estas atrocidades hasta la práctica habitual de la crucifixión de los recién nacidos en las puertas de las granjas no hubo horror alguno que dejara de pensarse o practicarse. Uno de los generales escribía el 17 de Febrero a Turreau, su oficial superior en el escalafón, que había masacrado a toda la población de La Verie —quinientos hombres, mujeres y niños— a lo que Turreau respondió: “¡Animo camarada! Si cada oficial matase tantos cientos como tú, terminaríamos mucho antes”. Cuando un oficial cuestionó la matanza masiva de niños, se le dijo: “¡No son más que lobeznos!” El mismo término ha sido utilizado, con la aceptación tácita de la Unión Europea, por los rusos en su masacre de los chechenos.
El lunes 15 de Julio de 1974, Grecia, país miembro de la OTAN y de la Comunidad Europea, comenzó a aplicar su plan para transformar la isla de Chipre en una entidad nacional griega. H.S. Gibbons ha descrito con todo detalle la historia de lo que allí sucedió. Los archivos estudiados por Gibbons demuestran claramente cómo los griegos de Chipre intentaron eliminar a la población turca en su totalidad. Los planes del exterminio están documentados en detalle en el Archivo N.º 216/5/296, fechado el 7 de Marzo de 1974. Fueron decretados por el tercer Alto Comando Militar Táctico de la Guardia Nacional de Nicosia y firmado por su comandante, Mijael Georgitses. La totalidad de la población griega iba a ser movilizada para efectuar el genocidio de sus conciudadanos. El plan estaba codificado bajo el nombre de “Ifestos”, Volcán, y era descrito como una operación de Seguridad Interior (SEA). El documento citado describe con minuciosidad cómo los cadáveres turcos tenían que ser enterrados junto a los cementerios turco-chipriotas. Personal especializado en el lavado de cerebros fue destinado a la primera, segunda y tercera Oficinas del Grupo de Mando Táctico para ayudar a preparar los ciudadanos-asesinos para que hicieran con rapidez la tarea de purificar Chipre en favor del estatus nacional griego. Una vez iniciado, el proceso genocida avanzó de forma considerable a pesar de los errores de la estructura del mando militar, la incapacidad de eliminar a Makarios, y la tardía intervención de las Naciones Unidas, por no mencionar siquiera lo reacios que se mostraban los ingleses a la hora de intervenir; el genocidio llegó a tal extremo que Turquía se vio obligada a intervenir para salvar lo que quedaba de la población turca.
La manera en la que se expone y enseña la historia moderna —tanto al nivel del supermercado popular como al de los programas televisivos o incluso en el discurso académico— cuando toca las cuestiones relacionadas con el Estado republicano, se esfuerza con denuedo por separar los elevados ideales y valores de la nación moderna de su continuado y atroz baremo de crímenes y genocidios. Declarar que la Alemania Nacional Socialista no era una democracia y que la Rusia Comunista tampoco lo era, es un engaño cínico y deliberado. Observado desde un punto de vista existencial, la relación entre el Estado y el ciudadano en la Alemania nazi, la Rusia estalinista, la América de Nixon o la Inglaterra de Churchill, no presenta diferencia alguna. No hay Libertad. No hay Fraternidad. Y por supuesto, no hay Igualdad. La reducción de la población de Bosnia-Herzegovina al estatus de protectorado, la eliminación de los famosos derechos de libertad de opinión y de prensa y la expulsión de los funcionarios y los ministros de sus altos cargos por el Protectorado de la OTAN no son más que el resultado que produce la aplicación del mismo patrón de actuación que permitió la masacre de la población de La Vendée, el acoso a los judíos, la puesta en marcha del sistema Gulag y la siembra de miles de minas anti-personas en el territorio Kosovar con las que poder garantizar la continuidad del control y el terror una vez que las hordas serbias ortodoxo-cristianas fueron obligadas a retroceder.
Una vez examinada la evidencia de lo que ocurrió en La Vendée, y junto a aquellas matanzas las menores pero no menos horribles masacres perpetradas en otras provincias, se pone de manifiesto que el Terror no fue sólo un acontecimiento urbano que tuvo lugar en el corazón mismo de la Revolución que fue París, sino que se trata del resultado producido por el humanismo cuando pasa de ser una fantasía poética a una condición cívica. “Gracias —escribió Voltaire a Rousseau— por enviarme tu último texto en contra de la raza humana”. Voltaire vio con claridad que las doctrinas del Contrato Social eran una declaración de guerra contra la gente. El humanismo es un crimen.