LA TÉCNICA DEL 'COUP DE BANQUE'

Shayj Dr. Abdalqadir As-Sufi

— II —

Con la llegada del año 2000, se gastaron miles de millones de papel-moneda en la tarea, aparentemente vital, de corregir un error informático endémico producido en el reciente pasado por la incapacidad de definir la fecha más allá del siglo veinte. La situación dio lugar a la emisión de un vasto programa propagandístico dirigido a todas las naciones del mundo para advertir de los desastres inminentes que podía causar la incapacidad digital de cambiar el uno por el dos en una secuencia de cuatro cifras.

El año mil novecientos ochenta y nueve marcó el segundo centenario de la Revolución Francesa. La Revolución produjo todos los elementos esenciales, las reconstrucciones, los principios institucionales y la metodología a partir de las cuales iban a surgir cada uno de los Estados nacionales del mundo a partir de ese entonces. En las multitudinarias celebraciones de París y en presencia de los dirigentes de los principales países del mundo, el presidente de Rusia declaró que la revolución de su país no habría ocurrido de no ser por los extraordinarios logros conseguidos por la Revolución Francesa. En el momento culminante de las celebraciones —cuyo enorme coste, no olvidemos, fue sufragado por las bancos— una rolliza estrella afro-americana de la ópera envuelta en una enorme bandera tricolor cantó la Marsellesa acompañada por una banda militar al tiempo que era llevada, en lo que desafortunadamente parecía una carreta, hacia la Place de la Concorde, el lugar histórico donde estuvo situada la más importante de las doscientas guillotinas que en su día funcionaron en la ciudad. De alguna manera este grotesco espectáculo contenía todos los elementos escondidos en el enorme engaño que se estaba imponiendo sobre las masas. La cantante era negra. La cantante era americana. Estaba envuelta en la bandera de otro país y lo que cantó fue el Himno Nacional Francés. En sus orígenes aquella canción había sido un himno revolucionario pero, sin que nos cause extrañeza, el partido en el poder que ha controlado Méjico durante los últimos cincuenta años se llama el Partido Institucional Revolucionario. El espectáculo en el que participó la desafortunada señora fue una celebración totalmente pagana, aunque podemos aseverar sin temor a equivocarnos que ella era cristiana. Los “ciudadanos” del norte de Africa que la miraban subida en la carreta, eran los mismos que habían sido maltratados y torturados en gran número por la policía parisina justo una década antes. Una mañana en particular, al final de la década de los setenta, la ciudad despertó con el macabro espectáculo que ofrecían innumerables cadáveres flotando en las aguas del Sena. Tanto en Argelia como en Marruecos, decenas de miles de personas habían sido asesinadas siguiendo la brutal tradición de la democracia que había padecido la gente de La Vendée. Los mismos lemas que acompañaron al ejército francés y la O.A.S. en sus masacres fueron los que se corearon en las celebraciones del Segundo Centenario. Y lo que es aún más significativo: en el lugar de honor más destacado del Arco del Triunfo napoleónico, está esculpido para la posteridad el nombre del General Turreau, el carnicero de La Vendée.

Los Estados nacionales y democráticos que hoy forman la Unión Europea —y fuera de sus confines la casi totalidad de los Estados del mundo que sin saber lo que ésto significa presumen de ser una nación-Estado y una democracia— actuarían de forma más inteligente si emplearan sus energías en dar solución a las causas más profundas que están provocando el abyecto fracaso de los Estados nacionales democráticos y sus pésimas instituciones internacionales, para así comprender de una vez por todas la realidad de lo ocurrido a finales del siglo dieciocho. Necesitamos de forma apremiante poder reconocer los cambios que estas nuevas ideas introdujeron en una sociedad que sobrevivió durante siglos siguiendo un sistema diferente de leyes y valores. Voltaire declaró que en cincuenta años todo había cambiado. ¿A qué se refería con estas palabras? Si nos remontamos en el tiempo para examinar el modelo anterior cuando estaba funcionando en todo su vigor, tenemos por supuesto que fijarnos en el reinado de Luis XIV. Es importante resaltar que este análisis no es un mero ejercicio histórico, sino más bien un proceso de reevaluación del momento en el que nos encontramos a fin de poder hacer una declaración similar a la formulada por Voltaire hace doscientos cincuenta años. De Luis XIV se afirma que dijo: “L'Etat c'est moi”. Pero por supuesto no lo dijo. Él no era el Estado. Era más bien la marioneta que actuaba en el centro de un teatro de corte y cortesanos de juguete diseñado como una representación simbólica del Estado, una especie de caja de música compleja y bien articulada. Luis XIV tomó esta estructura representativa del palacio que se construyó Nicolas Fouquet, su Superintendente de Finanzas. En su perfecto, y razonablemente bien proporcionado, palacio de Vaux-le-Vicomte, Fouquet había reunido en torno suyo a los genios más destacados del momento, personajes que representaban un conjunto de valores que iban a desaparecer con él: La Fontaine, Molière, Corneille y Madame de Sévigné. Los valores que estas personas representaban eran en realidad los de la época de Luis XIII: honor personal, valor, lealtad y amor al rey. Se podría decir que lo que hizo Luis XIV fue nacionalizar a Fouquet. Lo que para Fouquet era un palacio privado y espectacular, para el rey fue el gran Versalles geométricamente diseñado como una vivienda enorme y digna de toda gloria. Pero cuando Fouquet fue cruelmente encarcelado de por vida, el poco grato Borbón comenzó a vestirse con ropajes absurdos aunque astutamente emblemáticos, para ritualizar y formalizar lo que en el pasado habían sido el bullicio y el ajetreo propios de la cortesía aristocrática. Lo que hizo en apariencia, fue la mera institucionalización de la aristocracia dentro de un cuerpo establecido en torno al Rey Sol. Pero sin embargo, la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo detrás del escenario de Versalles era lo que de forma más correcta deberíamos llamar la modernidad. La élite del Antiguo Régimen era el clero. Su máxima figura, el Cardenal Richelieu, era quien dirigía los presupuestos y la riqueza del rey y de la nación entera. Cuando murió el Cardenal, Colbert ocupó su lugar y aconsejó al joven rey el encarcelamiento de Fouquet para tener en sus manos el control de las finanzas de Francia. Así pues, lo que ocurrió en realidad significó el surgir de una economía mercantil que, a pesar de guardar la forma del antiguo sistema feudal del poder aristocrático, permitía, gracias a la máquina de Versalles, reducir a la nobleza al mero papel de una burocracia de alto rango y hacer que los impuestos sobre los señoríos pasasen a formar parte de un sistema financiero centralizado y nacional. El Estado no era Luis ni tampoco Colbert, sino un sistema nuevo administrado por un grupo antiguo. Su lema había sido: “Un Rey, una Fe, una Ley”. La sociedad francesa estaba dividida en tres estamentos: el clero, la nobleza y el tercer estado. Los dos primeros eran los privilegiados y entre sus prerrogativas la más asombrosa era la exención del impuesto sobre la tierra, cosa que sí era obligatoria para los miembros del tercer estado. Lo que vamos a contemplar en los acontecimientos revolucionarios es el desplazamiento tectónico que tuvo lugar con la destrucción del Antiguo Régimen y el surgir de algo que iba a llamarse el Nuevo Orden Mundial. Los tan encomiados “Derechos” exigidos para el ser humano, no son más que los restos de un lenguaje positivo con el que se intentó definir la abolición de los Privilegios. El 26 de Agosto de 1789 se promulgó la Declaración de los Derechos Humanos en la que se establecía la igualdad ante la Asamblea Nacional. Su primer artículo decía: “Todos los hombres nacen libres y con igualdad de derechos”. Un consejero del Parlamento de París, Morel de Vindé, en su estudio sobre la Declaración efectuado en 1790, se vio obligado a hacer la siguiente advertencia: “Tened cuidado amigos míos. No entender la palabra igualdad sería algo peligroso. Produciría consecuencias muy molestas para la sociedad. (...) En la sociedad hay una necesaria igualdad de derechos, pero también hay una desigualdad indispensable. (...) El respeto debido a esta desigualdad natural es uno de los primeros deberes del hombre que vive en sociedad, puesto que cada ciudadano tiene el derecho a mantener su propiedad por pequeña o grande que ésta sea”.

La Declaración sirvió para proporcionar los medios con los que la Asamblea del 5 de Noviembre de 1790 hizo desaparecer el Antiguo Régimen: la abolición del clero —puesto que al ser ciudadanos ya no eran clérigos— y la abolición de la nobleza hereditaria, sus herencias, sus títulos, sus criados de librea y sus ejércitos privados. También se declaró la abolición de la servidumbre que vinculaba la gente a la tierra. Así fue como con la nueva República Francesa, la Iglesia Católica Romana llegó a su fin. La culminación de este desarraigo político y financiero se vio acompañado de toda una serie de actos cuyo alcance significaba el final de la Iglesia Católica. Más adelante mostraremos en detalle cada uno de los pasos que condujeron a la abolición definitiva e irreversible del Cristianismo, pero antes tenemos que fijarnos en el comienzo del proceso. Este fue el estadío inicial. Pero debemos tener en cuenta que sus fundamentos no eran teológicos, sino que estaban basados en la imposibilidad de acceder a la riqueza y la eliminación de los Privilegios que facilitaban el acceso al poder político mediante la influencia y la cercanía.

En 1763 Voltaire escribió un panfleto titulado: “Traité sur la Tolérance” . La revocación del Edicto de Nantes en 1685, prohibiendo así la religión protestante en Francia, garantizó el establecimiento de un estado católico totalitario. Pero cuando la filosofía de Voltaire comenzó a difundirse, esta serie de ideas iba a producir el derrocamiento del Antiguo Régimen que finalmente se vería remplazado por un orden social totalmente nuevo. El 19 de Noviembre de 1787. Luis XVI promulgó L'Edit de Tolérance en el que se restauraban los derechos civiles de los protestantes pero sin concederles el derecho a la libertad de culto.

El artículo décimo de la Declaración de los Derechos Humanos define el asunto con toda claridad: “Nadie debe ser increpado por sus opiniones, incluso las religiosas, siempre y cuando sus manifestaciones externas no alteren el orden público establecido por la ley”. Mirabeau, menos ingenuo que la mayoría, protestó: “La libertad sin límites es para mí un derecho tan sagrado que la palabra “Tolerancia” me parece ser una especie de tiranía, puesto que la existencia de una autoridad que tiene el poder de tolerar destruye la libertad de pensamiento”.

En la aparición de la nueva religión que surge de las ruinas del Cristianismo pueden distinguirse tres niveles o estadíos: el primero es el que subyace bajo el teísmo escéptico de Voltaire. Su forma de razonar demoledora y represiva le impedía negar la organización estructural que había observado en la totalidad de la creación. Su naturaleza obsesiva y quisquillosa le hizo deducir de sus observaciones el concepto de un Dios Relojero. Más tarde, y montado en el escepticismo Volteriano que todo lo cuestionaba, apareció la personalidad inquieta y profundamente perturbada de Rousseau. Podríamos afirmar que quizás por efecto de la astuta manera en que asumió su personalidad turbulenta, apasionada y pustulosa, Rousseau necesitaba el concepto más amplio y vibrante de Dios: el Dios de la Naturaleza. Estando situado en el umbral de la nueva era, Rousseau iba a establecer las fatales instrucciones que más tarde serían adoptadas por su discípulo histórico más destacado, Robespierre. Con él apareció en el escenario mundial un alma aún más oscura, más agitada y más punitiva.

Al esbozar su utópica visión de la nueva sociedad, Rousseau decía una y otra vez que la organización democrática de los seres humanos no podía dejarse enteramente en manos de éstos. ¡Cómo odian la sociedad los humanistas! Rousseau postulaba una divinidad desprovista de identidad. Un Poder Divino que de alguna manera entroniza la razón, acorrala a los seres humanos en entidades democráticas y los imbuye de razón y de justicia. Sin este categórico entronamiento de un Ser Divino, Rousseau consideraba que su proyecto social jamás podría triunfar.

La aparición de esta nueva religión estuvo marcada por un frenesí de entusiasmo antropológico. Una vez abolido el cristianismo, la tarea de crear una nueva religión se dejó por entero en manos de la Revolución. Una vez eliminadas las fiestas de la Navidad, el Día de Todos los Santos y la Semana Santa, llegó el momento de sustituirlas por otras. En lugar del calendario cristiano apareció el Calendario Revolucionario. El Comité de la Seguridad Pública instauró el culto a la Razón el 10 de Noviembre de 1793, que en el nuevo calendario era el 20 Brumario, año II. Robespierre propuso la introducción de 36 festividades seculares a lo largo del año con un día especial dedicado a celebrar la religión del Ser Supremo. El festival del Ser Supremo se celebró en Junio de 1794, 20 Pradial, año II. Esta celebración significó el apogeo del poder de Robespierre y el clímax del Terror con sus doscientas guillotinas distribuidas por todo París trabajando día y noche sin parar. Y todo esto coincidiendo con la glorificación del Ser Supremo de la Revolución. Dado que la idea central de esta doctrina inventada era que el Ser Supremo estaba ocupado con los átomos y las tareas de la naturaleza, Su supremacía tenía que desentenderse por completo de las acciones buenas o malas, personales o sociales, de las criaturas humanas. Era el Dios de los filósofos; esto significaba que era un Ser, aunque por desgracia para ellos este Ser no era más que una Idea. Para que el humanismo irrumpiera en el Nuevo Orden sin traba alguna, su divinidad tenía que dedicarse a sus propios asuntos, la creación, y los seres humanos tenían que hacerse cargo de gobernar sus vidas. El gobierno de la gente exige la existencia de individuos capaces de gobernarse a sí mismos; y sin embargo Voltaire se había burlado del optimismo de aquellos que declaraban que todo lo que sucedía era lo mejor en el mejor de los mundos posibles.

En el Corán, Allah repite con frecuencia a los creyentes:

“Allah es el creador de todas las cosas

y el Protector de todo ello.

Suyas son las llaves de los cielos y de la tierra.

Y los que se niegan a creer en los signos de Allah,

ésos son los perdedores.

Dí: ¿Me mandáis que adore a otro que Allah, oh ignorantes?

En verdad te he inspirado a ti y a los que te precedieron,

que si asocias algo conmigo se harán inútiles tus obras

y serás de los perdedores.

Así pues, adora a Allah y sé de los agradecidos” (39: 62-66).

 

Hablando de los incrédulos, Allah dice:

“Y si les preguntas: ¿Quién creó los cielos y la tierra?

Dirán: Allah. Dí: Decidme qué os parece:

Si Allah quiere que sufra yo algún daño

¿acaso aquellos que invocáis fuera de Allah podrán evitar Su daño?

¿O si quiere que reciba alguna misericordia?

¿Podrían ellos impedir Su misericordia?

Dí: Allah me basta, en Él se abandonan los que confían” (39: 38).

 

De estas aleyas mencionadas se puede deducir que este proceso que ha evolucionado desde entonces y que ahora se ha implantado de manera casi absoluta en el mundo entero es lo que se llama, según el Islam, “asociación”, o shirk . Shirk significa que la persona toma los poderes que pertenecen al Divino Creador y los atribuye a algo o incluso los asume como propios. Esto nos permite afirmar que el humanismo es el Gran Shirk y el enemigo de Allah y de Su Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz. Cuando a causa de esta forma de shirk el Destino se transfiere fuera de los atributos de lo Divino, no queda ningún otro lugar a donde pueda dirigirse ese atributo. Por mucho que la persona afirme ser dueña de su destino y los hombres pretendan tener el control de su destino colectivo, jamás podrán traspasar los límites establecidos por el tiempo y el espacio. Nunca podrán anticipar la estrategia del enemigo, la aparición de una plaga, el golpe mortal en medio de la noche, o incluso la picadura del mosquito portador de la malaria. De modo que por mucho que nuestros valientes humanistas se crean establecidos justo en medio del terreno agorafóbico de su libertad y gobernados por la razón, siempre les quedará un elemento imprevisto e impredecible acechando a sus espaldas. Napoleón, el Gran Kafir, reconocía con su realismo lleno de amargura, que él se encontraba bajo lo que llamaba “La force des choses” . A pesar de todo afirmó, puesto que al fin y al cabo era un verdadero genio, que era capaz de controlar los acontecimientos hasta el momento en el que el Destino acabase con él, admitiendo en consecuencia que después de lo cual sería desechado como un trapo sucio cualquiera. Y por supuesto esto es lo que pasó. Por su parte, el común de las masas, que ahora eran kuffar y carecían del trágico y momentáneo rayo de luz interior que poseía Napoleón, no tenían más remedio que sustituir la doctrina del Destino por cualquier otro tipo de explicación. Esta nueva explicación recibió el nombre de Azar. Y así fue como por orden de la Comuna de París del 15 de Noviembre de 1793 se estableció el juego Estatal institucionalizado. La Lotería Nacional pasó entonces a formar parte de la religión del Ser Supremo.

No deja de ser irónico que la doctrina del Azar, que es la doctrina de la Lotería, implica la reducción de la persona al estado de ignorancia más absoluto. Una vez que se cree en el azar, la persona se ve sometida por completo a la fuerza de las cosas; y lo peor es que éstas son incomprensibles. En el espacio de doscientos años, la doctrina religiosa de la Lotería se iba a convertir en un principio fundamental de la biología humanista materialista. La degradación que esta creencia produjo en los humanos fue tan enorme que incluso los científicos más destacados iban a aplicar los principios del Casino al vasto proceso creativo del caldo cósmico del que se suponía surgían las proteínas vivas.

Fijémonos por un instante en el ejemplo perfecto del Azar. El croupier arroja la bola en la rueda de la ruleta y poco tiempo después sale un número impredecible de forma que todos pierden su dinero excepto el más “afortunado”. A esto se llama probar fortuna. Pero no hay nada que suceda por azar. Cualquier suceso está totalmente predeterminado. La rueda gira, tiene su inicio en un momento dado y lo hace con una velocidad determinada. Se tira la bola que gira a una velocidad específica alrededor del perímetro de la ruleta. La longitud de este perímetro y la velocidad decreciente de la bola, que tiene una dimensión y un peso propios, están totalmente determinados. Su correspondencia con la velocidad también decreciente de la rueda es un hecho seguro. Una vez agotadas las fuerzas de los dos giros, el de la bola y el de la rueda, ésta se para y la bola cae en el único lugar determinado por la totalidad del proceso. En consecuencia, el hecho de asistir a un suceso que está absolutamente definido en cada uno de sus detalles y declarar al mismo tiempo que se está sometido al azar, es definirse a uno mismo como un completo ignorante que desconoce cómo funciona la existencia que tenemos ante nuestros ojos.

Este, el más grave de los errores, fue el camino en el que colocó al mundo la oscura y perturbada figura de un verdugo de masas, Robespierre, inventor de una estructura metafísica a la desesperada que fue proyectada sobre la gente de Francia cuando lo que su autor buscaba en realidad era persuadirse a sí mismo de que jamás tendría que dar cuentas de sus acciones a nadie.