LA TÉCNICA DEL 'COUP DE BANQUE'

Shayj Dr. Abdalqadir As-Sufi

—III—
Otra consecuencia del cierre de las catedrales y la abolición del culto a los santos, fue la necesidad Republicana de encontrar algo que ocupara su lugar. El Panteón fue el edificio reservado para recibir las cenizas de los Héroes del Pueblo. A partir de ese momento se instauró la práctica de enterrar figuras kafir ilustres, reducidas a cenizas, en las salas del Panteón. En menos de cien años el Estado francés celebraba un impresionante funeral para colocar en el Panteón los restos de un Victor Hugo que había gastado su vida en una lucha amarga y heróica contra la tiranía ejercida por el Estado. En una época más reciente, las vacilantes fuerzas del Gaullismo decidieron honrar de igual manera las cenizas de su gran escritor, André Malraux. A primera vista parecía ser un sujeto adecuado para recibir tal honor puesto que había sido el primer héroe de la Izquierda, es decir del comunismo, para luego pasar a ser el héroe de la Derecha, como ministro del gobierno de De Gaulle. No obstante hubo muchos amigos y escritores que se sintieron profundamente molestos ante la idea de incluir a Malraux en la ecuación de la democracia monetarista francesa. Consta que uno de sus colegas llegó a decir: “Jamás debería pensarse que Malraux era una de esas personas que creen que el objetivo primordial del proceso humano es que el mundo entero tenga que estar gobernado por la democracia”.
Pero ahora ya es un hecho: este nefasto miasma se ha propagado por toda la faz de la tierra. La idea de un país gobernado por un procedimiento o estructura que no sea la democracia política, y que esta no sea la democracia de partidos, es anatemizada por la Nueva Religión. Antes de abordar el desmantelamiento del sistema democrático, las personas capaces de reflexionar tienen que utilizar sus intelectos de manera diferente a aquélla en la que han sido criados, educados y manipulados desde la niñez y sus juegos, pasando luego por la fase de educación formal y su adoctrinamiento, para llegar por fin a la edad adulta en la que esta criatura condicionada desde el momento en que nació responde dócilmente a los lemas doctrinales y las gratificaciones proporcionadas por los medios de comunicación que sumen a la persona en un estado de pasividad histórica del que solamente sale para hacer una transferencia electrónica de dinero en respuesta a un programa maratoniano de televisión organizado para pedir ayuda médica destinada a las víctimas lejanas de un desdichado proceso en el que se han visto involucradas al querer escapar de la furia punitiva de la democracia en acción.
Primer Nivel – La Máquina . La democracia política es una máquina. Funciona mediante el contacto directo con la gente a través de los medios de comunicación y la asistencia a sus foros consagrados. El Congreso puede ser uno de estos foros, aunque también puede que sean dos si es bicameral. En estos lugares es donde se reúnen los representantes del pueblo que han sido elegidos a partir de una lista electoral definida por los distritos geográficos. El tiempo que dura su mandato es limitado y suele ser de cuatro a cinco años. El método con el que se efectúa la elección está definido por la técnica específica del recuento de votos, bien sea por representación proporcional o bien por ser el ganador individual de un cierto distrito electoral. Estos representantes no son individuos en sí, sino candidatos de un partido político que propone un programa político determinado. Por lo general son dos los partidos que rivalizan entre sí, aunque también cabe la posibilidad de que partidos más pequeños y otros así llamados independientes encuentren sitio en un rincón del escenario. Cuando la aritmética no es capaz de definir la mayoría, se forman coaliciones para obtener el voto mayoritario. Con este fin podemos encontrar dos partidos de doctrinas diametralmente opuestas que se unen para derrotar a otro partido y asegurarse así el estatus ministerial.
En todo caso, los partidos en litigio muestran la incapacidad de mantenerse con las meras aportaciones de los miembros afiliados. Los partidos de Izquierdas suelen depender de las contribuciones provenientes de pequeños sindicatos, de magnates de la prensa de Izquierdas o de esa figura tan extraña que es el millonario socialista. Los de Derechas suelen recibir sus fondos de las grandes empresas, los magnates de la prensa de Derechas y el importante grupo de multimillonarios de Derechas. Durante la toma de posesión del representante del pueblo es cuando puede verse que está en manos de otras personas. El dominio que se ejerce sobre él, dentro del marco político, es triple: el de su partido, el de sus patrocinadores económicos y el que procede de la presión a la que le someten las reglas y disposiciones del Congreso donde tiene su escaño.
Sin embargo el asunto no acaba aquí. Mientras que los Representantes juegan su papel en el escenario político durante unos pocos años, es evidente que ningún Estado moderno podría sobrevivir con estos cambios completos del liderazgo organizativo que se dan en lapsos de tiempo tan cortos. Lo que ocurre es que detrás del escenario está el sistema burocrático que gobierna, decide, dicta las normas. A esto se le llama la Administración Pública; en otros países europeos se le da a veces el sencillo nombre del edificio en el que desempeñan sus tareas. Es imposible describir hasta qué punto este sistema ridiculiza la ilusión de un hipotético gobierno ejercido por los Representantes del pueblo. Más adelante veremos cómo el rastro dejado por la autoridad nos adentra cada vez más en los oscuros pasillos del poder hasta dar con una élite oculta.
La breve narración que sigue a continuación sirve como ilustración de lo dicho, por muy inquietante que parezca. Durante la Primera Guerra Chechena, nuestro representante solicitó una entrevista con el representante del Ministerio de Asuntos Exteriores Británico a fin de hacerles partícipes del conocimiento directo que teníamos de la situación y solicitar su intervención para poner coto a los terribles crímenes que estaba cometiendo su colega, la democracia política Rusa. El diputado asistió a la reunión acompañado de un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Cada vez que el diputado trataba de responder de forma amistosa, el funcionario le interrumpía llegando a veces a contradecir su respuesta. El resultado final fue que el burócrata habló durante toda la reunión y, sin sorprendernos por ello, se encargó de redactar la declaración oficial sobre el tema en cuestión. Esta declaración era exactamente la misma que la esgrimida por el Kremlin para justificar la vergonzosa masacre. Lo que acabamos de describir es, por supuesto, la puesta en escena. Pero por detrás, como examinaremos más adelante, está el terreno en el que se elaboran los imperativos categóricos del mundo de nuestros días, un terreno en el que no hay lugar alguno para los representantes elegidos o para los asalariados de la democracia política.
Segundo Nivel – El Personal. Dada la naturaleza de la máquina, es fácil deducir que sólo hay un tipo de persona capaz de someterse a las exigencias y también, como no, a los castigos de esta máquina. El ingenuo puede llegar a imaginar que la cualidad necesaria en esta persona es el aplomo que le permite saber cuándo hablar y cómo acompañar sus palabras con la retórica adecuada. En el pasado quedaban todavía restos de una tradición retórica, pero ésta encontró un final clamoroso con Churchill a causa de la decadencia física que le llevó a caer en una especie de decrepitud susurrante. Desde entonces, la claridad de las declaraciones oficiales ha disminuido hasta el punto de ser algo que hoy linda con la incoherencia. En Europa, esta corrupción política ha estado marcada por una degeneración paralela en el dominio del lenguaje mientras que en EE.UU. tiene un carácter diferente. Conforme el Congreso y el Senado de los EE.UU. se ven lanzados a una carrera que lleva a la irrelevancia total y en la que van abandonando de forma entusiasta los poderes heredados de los Padres Fundadores, su retórica aumenta en exaltación y en un idealismo que resulta casi cómico a cada paso que dan en el camino hacia el olvido. Las paredes del Senado que en su día habían retumbado con los ricos diapasones de un Jefferson que definía a los EE.UU. como los libertadores del mundo entero con la luz de la democracia, son ahora testigos de cómo los senadores de nuestros día aplican las mismas sublimes metáforas al debate sobre las actividades sexuales del presidente Jefferson Clinton ocurridas en el sagrado recinto del Despacho Oval. En plena Recusación contra el Presidente, los senadores iban levantándose uno tras otro para invocar las grandes frases sin sentido que parecen acompañar los desastres terribles e incluso cómicos de la democracia: “Con esta Constitución se nos ha dado un texto sagrado...”. “Salgamos de este lugar convencidos de haber cumplido con nuestro deber...”. “Avancemos juntos hacia el futuro, hacia los vastos terrenos del desarrollo y el éxito”. La realidad es que la máquina democrática ha tenido que ir echando mano de hombres y mujeres de carácter cada vez más despreciable y cada nueva elección ha ido suministrando un grupo cada vez peor de elegidos. Si existe un tema indiscutible desde Los Angeles hasta Lituania es la afirmación de que los políticos son, en el mejor de los casos, seres corruptos, hipócritas y sin principios. Parte de la naturaleza de la democracia es que debe producir personalidades dotadas de un Mínimo Común Denominador que garantice a una cierta persona la máxima posibilidad de elección por parte de la masas ignorantes. Hasta tal punto esto es así, que el papel más importante que tiene que desempeñar el político ya no es saber cuándo hablar o cuándo permanecer callado. El político tiene que asentir. El político debe seguir la línea del partido. El político tiene que aceptar su propia degradación sin protestar. Dicho con otras palabras, tiene que renunciar al honor. Su lealtad no es a los principios que dice defender sino al pragmatismo del momento. O para decirlo de otra manera, es una criatura despreciable.
Tercer Nivel – El Partido. La forma moderna de la Asamblea Bicameral procede sin duda de la Convención constituyente del París de antes y de después de la muerte de Luis XVI. Los dos partidos principales en que se polarizó, fueron evolucionando lentamente durante el primer año revolucionario pero cristalizaron durante los acontecimientos decisivos que sucedieron entre los años 1789 a 1792. De un lado estaba el grupo de los Girondinos que representaba a los miembros de la Asamblea que deseaban ver alguna forma de continuidad en el gobierno, se oponían al regicidio y a lo que consideraban el anarquismo representado por Marat y Robespierre. En el otro lado estaban los Montagnards. La palabra Montagne fue utilizada por primera vez en Octubre de 1791 por el diputado Lequinio. El término tenía connotaciones mesiánicas y masónicas. La Montaña representaba los principios revolucionarios más elevados y era la “roca” que detendría todos los peligros. Los dos partidos estaban enfrentados, los Girondinos estrellándose contra La Montagne. Acabada la confrontación, entre unos y otros habían guillotinado a la mitad de sus miembros. Habían nacido la Derecha y la Izquierda. En doscientos años de historia, este conflicto ha visto a los dos partidos oponiéndose, y dependiendo de la intensidad de la situación, atacándose mutuamente con todos los medios a su alcance, desde las invectivas hasta los artefactos explosivos. Es preciso además recordar otra cuestión que, a pesar de ser conocida por todos, es a menudo olvidada. El Partido A llega al poder argumentando que el Partido B ha arruinado la economía y humillado a la nación. Una vez en el poder, el nuevo Partido hace saber que la razón de no cumplir sus promesas electorales es la necesidad de solventar los desastrosos errores del gobierno anterior. Pasado un tiempo, su fracaso a la hora de sacar a la gente del atolladero les hace perder las elecciones. El partido de la oposición se convierte ahora en el protagonista del momento prometiendo que va a remediar los desastres del gobierno actual. Una vez en el poder, se ven obligados a retrasar las promesas e incluso cambiar los programas porque, según dicen al Pueblo, no tenían ni idea de la pésima situación que les ha tocado heredar. Lo realmente sospecho es que si el Pueblo es tan capaz como para poder escoger a quienes le van a gobernar, por qué siguen eligiendo un sistema y unos individuos que demuestran ciclo tras ciclo que lo único que hacen es fracasar de la manera más estrepitosa.
Cuarto Nivel – La Crisis. A fin de continuar desmantelando ese conjunto de falsas dialécticas que han sido enseñadas a las masas con el fin de convencerlas de que la democracia es algo justo, el gobierno del Pueblo y el momento culminante de la evolución, es necesario insistir sobre uno de los temas que acabamos de exponer. La realidad que hemos puesto al descubierto es que el rasgo distintivo que caracteriza al Estado democrático no es el proceso mítico, o quizás debería llamarse fantástico, encarnado en la urna electoral; su rasgo principal es que representa al Estado en cuanto máquina. Hitler, Stalin, Thatcher, De Gaulle, Kohl, no son más que módulos de mando operativos dentro de un mismo sistema. Cada uno de ellos representa una variante del Estado moderno diseñado por Napoleón. Metternich sabía de sobra que la victoria sobre Napoleón había sido sólo militar porque su modelo de sociedad había triunfado. Este fue el mensaje que envió al mundo el mismo Napoleón cuando dictaba sus memorias en su destierro transformando la isla que le servía de prisión en la roca de Prometeo, los masones y los Montagnards.
Hacer una distinción entre los Estados modernos en términos de dictaduras y democracias es un enorme error puesto que, tanto en términos políticos como existenciales, las dos modalidades son sinónimas. Como ejemplo podemos señalar que el control estatal y el acceso a la riqueza y a los movimientos del ciudadano son ahora casi totales en ambos casos. El Estado moderno tiene el poder de congelar las cuentas de un individuo, examinar al detalle el carácter de sus gastos y rastrear sus movimientos dentro y fuera de las fronteras del Estado. Estos poderes jamás estuvieron, o incluso pudieron estar, en manos del Estado Nacional Socialista del Tercer Reich. Una simple ojeada a la historia moderna post-revolucionaria —la historia de Italia, de Rusia y así sucesivamente— es la demostración de que la abyecta incapacidad de la democracia, o quizás sería más apropiado decir que la naturaleza esencial de la democracia, provoca que la crisis y el fracaso sean inevitables.
Una vez más la dialéctica al uso nos dice que las causas del fracaso han sido económicas y que las soluciones antidemocráticas, es decir el Comunismo o el Fascismo, lograron intervenir para luego ser puestas a un lado por las fuerzas heróicas de la democracia política. Pero sólo un loco se cree esta historia.
El derrocamiento del Estado democrático mediante un Coup d'Etat, y siempre según este modelo dialéctico, representa una ruptura en la continuidad social, el surgimiento y la toma del poder por una minoría descontenta que derroca a la masa impotente de demócratas con la ferocidad de su poder ideológico. Dicho con otras palabras, toda revolución social, posterior a 1789, es sans-culottisme : la incontrolable resaca que surge de las profundidades abismales. Curzio Malaparte en su obra maestra “Tecnique du Coup d'Etat” ponía al descubierto el mecanismo del golpe de Estado post-napoleónico. Los comunistas jamás le han perdonado por haber demostrado de manera contundente que el autor de la toma del poder bolchevique fue Trotsky, el diseñador de la máquina del coup d'Etat, y no Lenin que solo fue el autor de la ideología Revolucionaria y de la retórica que propició su realización. En las conocidas palabras de Malaparte: “El coup d'Etat fue Trotsky. Pero l'Etat era Lenin”. Así fue como se diseñó y se puso en marcha un ingenio mecánico cuyo objetivo era poner en su lugar a la nueva máquina del Estatismo moderno. La idea de que el objetivo de la democracia moderna es el gobierno por el Parlamento fue ya puesta a un lado por el genio napoleónico que vio claramente que la naturaleza del Estado moderno tenía que ser la de una máquina unitaria que iba a funcionar en su propio beneficio. Cuando se reunió con los miembros del Directorio, Napoleón formuló a cada uno de ellos la misma pregunta: “¿Qué es más importante, tu seguridad o la de Francia?” Así fue como el Coup d'Etat del 18 Brumario se convirtió sencillamente en la máquina con la que revitalizar el sistema democrático mediante su modernización. En la democracia, la dictadura está activa o en estado latente. No es más que uno de sus posibles modos de funcionamiento. El Directorio, Weimar, la Duma de Kerensky, la Coalición en tiempo de guerra de Churchill, la Quinta República de De Gaulle, son las crisis periódicas presentes en la gestión del sistema totalitario que se llama democracia.
Quinto Nivel – El Líder. La función del Coup d'Etat no es la de reconocer la existencia de un grupo oprimido soterrado ni la de reprimir una clase dirigente demasiado liberal. Dado que, como ya hemos demostrado, la función de la democracia es la de ritualizar y teatralizar la mutua y encarnizada guerra que ocurre en el interior del Estado, —hasta que llega el punto en el que la batalla que antes tenía lugar entre los partidos adversarios se desborda y da lugar a una guerra mortífera de ciudadano contra ciudadano— el funcionamiento defectuoso, o lo que es lo mismo, el funcionamiento normal de la democracia tiene que descubrir su verdadero equilibrio y en consecuencia su verdadera identidad. La verdadera naturaleza de la democracia es la guerra. La lucha en las calles, los hooligans , los altercados xenófobos, los escolares asesinos que masacran a sus compañeros de pupitre y los disturbios ante la subida de los impuestos son conflictos que en un momento dado tienen que ser bombeados hacia los límites más periféricos de la República. La guerra en las fronteras es la garantía de la paz en el hogar. Las invasiones napoleónicas de Europa dieron lugar al Segundo Imperio, al bienestar social y al placer que se vivía en los salones de París. El inglés de 1946 todavía añora los buenos tiempos de hermandad, armonía y placeres sexuales que se vivieron en los días vertiginosos de los años cuarenta. En Rusia, Prokofiev, Shostakovich, Ajmatova y Eisenstein produjeron sus mejores obras en un frenesí de entusiasmo patriótico cuando las terribles persecuciones de la KGB tuvieron que atenuarse debido al esfuerzo exigido por la guerra y que serían reanudadas más tarde una vez conseguida la victoria. A fin de asegurar la transición del Modo Democrático Uno al Modo Democrático Dos, es necesario mantener un centro de atención estético actuando en el centro mismo de la máquina. La paz necesita el gabinete, el comité y el teatro del debate. La guerra exige la presencia de un Líder. La función del Líder es la de que todo siga exactamente igual que en tiempos de paz, aunque en tiempos de guerra lo que se dice a las masas es que su Líder es el Gran Timonel, el Padre de la Nación o el Capitán del Navío del Estado. Terminada la guerra, y a fin de poder cambiar de un Modo a otro, el Líder debe ser desechado en lo que podríamos describir como la puesta en escena de un Coup d'Etat. Esto es algo que se puede hacer en las urnas: “Fue un excelente Líder en la guerra, ¡pero no es la clase de persona que queremos para la paz!” Puede hacerse también mediante la expulsión por decreto del Consejo de Ministros o, en aquellos lugares donde la guerra se ha perdido, con el suicidio, como fue el caso de Hitler o mediante el crimen más despreciable, como ocurrió con Mussolini. La importancia de cambiar de Líder se debe a que si el Líder continúa en su puesto, se pone al descubierto la constante y permanente verdad de la democracia: la democracia en sí es una dictadura.
“A las 10.30 p.m. del 4 de Agosto de 1914, el Rey George V celebró un consejo privado en el Palacio de Buckingham al que sólo asistieron un ministro (Lord Beauchamps, Alto Comisario de Obras Públicas) y dos funcionarios de la corte. Este consejo decretó la declaración del estado de guerra contra Alemania a partir de las 11.00 de la noche. Eso fue todo. El consejo de ministros normal no intervino para nada, puesto que ya había resuelto defender la neutralidad de Bélgica. Tampoco se tuvo en cuenta el ultimátum a Alemania que Sir Edward Grey, el secretario de Asuntos Exteriores, había enviado tras consultar únicamente al primer ministro, Asquith, o quizás ni siquiera a éste. El consejo de ministros tampoco autorizó la declaración de guerra”. Este texto ha sido extraído de “English History, 1914 to 1945” de A.J.P. Taylor.
Durante la guerra de las Malvinas, la desequilibrada primer ministro en funciones, dio órdenes para el hundimiento del Belgrano, acto que causó una gran pérdida de vidas humanas; la decisión totalmente unilateral jamás fue sometida a la aprobación del Parlamento ni tampoco se le exigieron responsabilidades. La masacre de Arnhem, la desastrosa campaña de Creta y otra serie de eventos similares fueron el logro dictatorial del todavía más desequilibrado, extraño y complejo Winston Churchill.
Hay un elemento deprimente e inevitable presente en cada uno de los líderes del Estado moderno, desde Napoleón para abajo, y hacia abajo ciertamente es la dirección indicada. Recordando la frase categórica de Shaw, “la democracia es un cualquiera elegido por todos”, se deduce de forma automática que el gobierno oficialmente elegido, tal y como hemos demostrado, representa el mínimo común denominador de las masas. No debería pues sorprendernos que cuando el Líder se convierte en necesario, lejos de ser el Máximo Común Divisor de las masas sea en realidad no su alto cenit sino su auténtico nadir. Si el trágico conocimiento del que disponemos no lo demostrara con creces, sería difícil de creer que gente de tan escasa valía controlase los destinos de millones de personas, o al menos parecerlo, puesto que en realidad no son más que productos históricos absolutamente miserables.
¡Fijaos en ellos! Churchill. El hijo de una prostituta de la alta clase política y del degenerado y rechazado líder de su Partido. Winston, el hijo de esta unión, un alcohólico crónico propenso a terribles ataques de depresión maníaca. Una personalidad escindida en dos justo por el eje. Se podría sin duda argumentar que este hombre, el descendiente aristocrático del héroe de Blenheim que fue considerado como el inglés más eminente que jamás haya existido y el orgullo del Partido Conservador, era harina de otro costal. La única persona a la que Churchill quería, o mejor dicho veneraba, era a su padre, cuyo rechazo por su partido cuando era primer ministro lo destruyó por completo; Churchill jamás perdonó a su Partido esa acción, ni tampoco a Inglaterra. En 1940, durante la mítica Batalla de Inglaterra (una serie de trifulcas motivadas por los Downs), declaró que si el Imperio Británico llegase a durar mil años, se diría que éste había sido su momento culminante. Esto significa por supuesto, ¡que a partir de ese momento todo iba a marchar cuesta abajo! Cuando terminada la guerra el Gobierno Democrático se planteó otorgar la independencia a la India, Churchill bramó: “Jamás tendré parte alguna en la desmantelación del Imperio Británico”. Y sin embargo la desintegración del Imperio no fue más que el resultado inevitable de la guerra innecesaria a la que había arrojado, contra su voluntad, al Pueblo Británico. ¿Fue esta guerra la venganza de Churchill?
De Hitler no debe pensarse ni por un momento que fuera la encarnación misma del Mal, sino más bien, como me dijo Ernst Jünger en cierta ocasión: “¡Er war nur ein kleiner Mann! (El sólo era un hombre bajito)” Sus aventuras genocidas, sin que esto signifique minimizarlas, no fueron más que una parte de la aplicación del patrón que hemos observado desde La Vendée hasta Siberia. Lo asombroso del asunto es que Hitler era una especie de dictador Biedermeier. Fijaos en él. Con su perro alsaciano, su camarera-amante, su vegetarianismo de clase media. Y su indudable gusto Gemülichkeit por el té de la tarde con pastelitos de crema. Le gustaban Léhar, Dietrich y las novelas de vaqueros. ¡Este era el hombre que iba a construir un imperio que duraría mil años!
Stalin. Nunca ha existido un personaje más deprimente. Pero fijaos en lo bien que representa la figura que procede de las profundidades abismales. El Muhjik Georgiano. Un estudiante del Seminario Ortodoxo, destrozado primero por la liturgia y la doxología y luego por las aún más sombrías consignas del marxismo. Educado para creer que todo el mundo era pecador, le fue fácil creer que todos eran traidores al Estado secular. Fue un bebedor compulsivo, propenso en sus borracheras al baile camorrista y pendenciero, su existencia fue la del típico revolucionario barriobajero imaginada por Dostoyevski.
Reagan. El hombre al que la retórica democrática gustaba de llamar el líder de la mayor democracia del mundo, o incluso el Líder del Mundo Libre, es una nulidad aún mayor. Un destacado biógrafo contratado para escribir su vida por una enorme cantidad de dinero, tras dos años de investigación y estrecha colaboración, se vio obligado a escribir su biografía como si fuera una novela. Básicamente tuvo que admitir el vacío de su protagonista. Al final de su vida, Reagan cayó en la senilidad, una transicción de la que sólo le separaba unos pocos centímetros. En la fase final, básicamente la de un vegetal, contempló la pila de Papeles Presidenciales que estaba sobre su escritorio y dijo a su biógrafo: “¡Quite de ahí todos esos árboles!”
Napoleón. Como figura paterna del Estado moderno es un personaje increíble pero cierto. Dotado de un genio indiscutible —no sólo como jefe militar sino también como diseñador del Estado moderno en toda la complejidad de sus intricados detalles e interrelaciones —concibió un modelo que sobrevive hoy día en todas partes desde que su forma se ha imponiendo por completo sobre la de los modelos Estatales de la monarquía constitucional— tiene en su personalidad la misma innegable banalidad. La crudeza, la brutalidad, la habilidad para trabajar con gente a la que despreciaba, son aspectos de sobra manifiestos. Hablando con Talleryand, uno de sus ministros más cercanos, le dijo: “¡Eres una mierda con medias de seda!” Su misma concepción del Imperio está impregnada de una inevitable vulgaridad. El estilo Imperio no es la imagen de la gloria sino más bien parece el decorado perfecto de un club nocturno de Pigalle. La forma de vestir de las mujeres, el epítome del strip-tease, décolleté , transparente y centellante. Todo ese oro. Toda esa púrpura real. Todo ese carmesí. ¡Qué exquisitamente pequeño burgués! El ostentoso equivalente francés de las tardes nazis en el Berghof.
Lo que descubrimos en todos estos personajes tan innobles es que junto a las extremas carencias de sus personalidades, en algunos casos seriamente dañadas, coexiste una habilidad técnica sumamente desarrollada. Napoleón poseía la doble capacidad de diseñar tanto la arquitectura del Estado moderno como la de los procedimientos técnicos de las batallas de masas. Thatcher fue capaz de desmantelar los sindicatos y las arcaicas industrias nacionalizadas. La brillante creación de Hitler fue el aparato del partido Nazi. El brutal logro técnico de Stalin fueron sus planes de modernización.
Es triste comprobar que mientras los diversos gobiernos democráticos tienen desde el punto de vista meramente estético un estilo diferente, todos están atrapados en las contradicciones fundamentales que hemos esbozado. Por todas partes vemos cómo cada uno de los gobiernos establecidos depende de sus propios modelos pre-democráticos del pasado. La persecución de los judíos en la Alemania de Hitler era su proyecto de un Luteranismo reformado. Su odio hacia los judíos en el Mein Kampf es menos terrible y menos elocuente que las diatribas anti-judías de Lutero. Si tomamos el periodo que va de 1933 a 1945 como la mitad de la semana, se podría decir que Alemania fue Luterana al comienzo de la semana y Nazi en el medio de la misma, para acabar volviendo el domingo a la iglesia Luterana. Los extraordinarios Juicios Ejemplares de Stalin no son más que las Confesiones y los interrogantes que le tiranizaron en la adolescencia vivida en el Seminario Ortodoxo. Tanto los Juicios como los castigos subsecuentes son la versión laica de la sombría forma de organización social del clero ortodoxo. Rusia profesaba oficialmente el cristianismo ortodoxo hasta 1914. Luego fue comunista y laica hasta cerca del año 1987. Lo milagroso es que en un par de años los rusos se despertaron con las campanas de la catedral y sin pensárselo dos veces se persignaron de nuevo.
Sexto Nivel – El Dinero. El ciudadano del nuevo modelo mundial del Estado Democrático, aferrado con pasión a su billete de lotería y sentado frente a su televisor interactivo en el que zapea por los más de doscientos canales para poder así actuar en la vida interrumpiendo el partido de fútbol que contempla para ver la repetición de un gol extraordinario, puede sentirse asaltado en las profundidades de su mente por un sombrío pensamiento: que su capacidad de elección política se ha visto reducida al número de su billete de Lotería y al canal de TV. Para ésto trajo la gloriosa Ilustración el degradante mundo del demócrata. Pero lo que va a garantizar su incapacidad de apagar el televisor y preguntarse las cuestiones vitales que pueden dar lugar a una serie de pensamientos liberadores —puesto que ya está muy lejos de salir a la calle a manifestarse como hacía su abuelo— es que está atenazado por una profunda ansiedad económica. El Ciudadano se ha convertido en el Deudor. El niño que nace hoy en día en los desiertos del Sahel en Mali o Níger lo hace debiendo quinientos dólares. Ese es su derecho por nacer. Las deudas son los verdaderos Derechos Humanos. Esta deuda es la que tiene el conjunto de los ciudadanos de un país con su Banco Nacional, totalmente en manos extranjeras, y con las instituciones financieras internacionales cuyos préstamos jamás fueron pedidos por los ciudadanos, sino que han sido firmados en su nombre por los gobiernos democráticos. Es casi seguro que este recién nacido jamás verá quinientos dólares juntos. Durante su vida es más que probable que tanto él como sus hijos, si es que llegan a la edad adulta, vivirán en la más abyecta pobreza sufriendo la malnutrición, la ausencia de cuidados médicos, de educación y de vivienda. El principal instrumento político que impide al ciudadano del Primer Mundo comprender la crisis que afecta al ciudadano del Tercer Mundo, y ésto hay que repetirlo una y otra vez, es su propia ansiedad económica que el sistema psiquiátrico Occidental ha predefinido para él como producto de su culpa. Unas veces se le hace responsable de sus dificultades económicas mientras que otras se presentan como muestra de la inferioridad evolutiva que le impide elevarse y formar parte de la élite de los económicamente exitosos. A esto hay que añadir que este mismo ciudadano no tiene la menor idea de que su experiencia del dinero, el gasto, la compra, la deuda y la accesibilidad al dinero son simplemente de naturaleza y calibre diferentes a todo lo que era conocido en los últimos doscientos años antes de 1945.
Una vez más el modelo primigenio puede encontrarse en el Estado Napoleónico. El acontecimiento de la Revolución no hubiera sido posible sin la creación de los Assignats, el papel moneda impreso por el Estado Revolucionario que carecía de garantía subsidiaria. Una de las instituciones clave fundadas por Napoleón fue la Banque de France. Prácticamente no hay ningún libro de historia que proporcione la más remota comprensión de la relación existente entre economía y gobierno, a pesar de que en los años más recientes han empezado a aparecer las primeras indicaciones de que quizás exista más de una conexión entre ambos. La forma de entender los acontecimientos está bien ilustrada por el Caso Dreyfus. En la educación de masas, ahora en manos de los medios de comunicación, el Caso Dreyfus se muestra como ejemplo maravilloso de un mártir de la justicia que tras una lucha denodada consigue ser exonerado del cargo de traición. Dreyfus es presentado como víctima del prejuicio anti-judío, y parte de la heróica naturaleza de su defensa fue el gran panfleto “¡J'accuse!” escrito por Emile Zola. Mientras que no cabe duda de que ése era el ambiente emocional en el que tuvieron lugar los acontecimientos, su realidad política era que en los cincuenta años precedentes la riqueza de los franceses se había desplazado lentamente de los industriales capitalistas franceses a las manos de la banca, cuya mayoría era judía. Si el ciudadano de nuestros días aún no ha logrado entender qué es la banca, es comprensible que el de entonces la comprendiera aún menos. La ira creciente de la nueva burguesía en contra de los banqueros encontró el objetivo perfecto de su venganza en el desafortunado Coronel Dreyfus. Lo que iba a suceder durante el transcurso del siglo diecinueve era la lenta aparición y evolución de la banca en el escenario mundial. El brillante engaño de los banqueros consistió en la forma en la que se aprovecharon de los grandes avances en el desarrollo tecnológico que sucedían a su alrededor. Consiguieron colocarse como intermediarios entre el proyecto tecnológico y su posterior ejecución. Este proyecto va a costar tantos millones. Usted no los tiene. Podemos conseguírselos. Haremos un trato. De este modo el banco pasó de ser una casa usurera de intercambios de moneda a convertirse en una serie de instituciones enormemente ricas especializadas en invertir en proyectos tecnológicos.
Este proceso tuvo enormes implicaciones políticas, pero a lo largo del proceso de desarrollo de la banca apareció un elemento aún más genial y siniestro. Consistió en que los bancos particulares, o los bancos fusionados, comenzaron a actuar en conjunto para poner a disposición de los políticos un Banco Nacional. Así fue como se formó el Deutsche Bank, que de alemán no tenía nada. La Banque de France que tampoco era francesa. El Banco Otomano que no era turco. El Banco de Egipto que no era egipcio. El Banco de Marruecos que no era marroquí. Y así sucesivamente en el resto del mundo.
La distinción entre el banco pseudo-nacional y la custodia de los depósitos de la riqueza de una nación, comenzó pronto a difuminarse hasta llegar a desaparecer por completo. En los grandes países industrializados, el Bundesbank, la Banque de France, el Bank of England empezaron a parecerse cada vez más al modelo de los EE.UU., donde el Federal Reserve Bank no es Federal sino totalmente privado. Entre los banqueros más conocidos del siglo diecinueve estaban los hijos de Rothschild que con su genio para las finanzas aparecieron bajo dos formas diferentes de actuación: bien formando parte de la estructura de los bancos estatales individuales o bien como instituciones financieras aparentemente privadas que ofrecían sumas enormes para invertir en proyectos tecnológicos de gran envergadura. No hay proyecto que ilustre de manera más evidente este doble y evolutivo papel de los banqueros que la compra y la posterior construcción del Canal de Suez.
La forma en que un fenómeno político empezó a adquirir los rasgos de una aventura financiera indican la puesta en marcha de un proceso irreversible cuyo resultado final terminaría provocando la desestabilización del poder político ante la estructura y la naturaleza dominante de la banca internacional de inversiones.