LA TÉCNICA DEL 'COUP DE BANQUE'

Shayj Dr. Abdalqadir As-Sufi

—IV—

El diseño del Canal y su construcción proporcionan una cartografía precisa de las nuevas fuerzas al mando de la sociedad. Por un lado está Ferdinand de Lesseps, el ingeniero visionario; por otro la trágica separación de Egipto del Dawlet Osmanli, y por otro el pseudo-nacionalismo de Muhammad Said Pasha, el Virrey de Egipto. Esta nueva nación, lastrada con una serie de deudas con intereses escandalosos, que en 1872 había contraído un nuevo préstamo de treinta y dos millones de libras esterlinas, estaba al borde del desastre; en 1875 la deuda pública llegaba a la cifra de cien millones en el dinero de la época. El interés anual debido a los bancos superaba el producto nacional bruto de todo Egipto. Francia e Inglaterra, como entidades políticas, se consideraban protagonistas y antagonistas en la aventura del Canal. Tras ellos estaba la red de bancos de inversión que en su constante desarrollo asumían la tarea de encargarse de los grandes proyectos. La presión sobre el Jedive puso de manifiesto que pronto tendría que vender o hipotecar sus acciones del Canal. En París, los hermanos banqueros Dervieu y Edouard, y en Alejandría el banquero André, comenzaron sus maniobras para apoderarse de las acciones. Todos estaban estrechamente relacionados con la gran institución financiera llamada Société Générale. Al mismo tiempo, el Crédit Foncier, a través de sus agentes del Anglo-Egiptyan Bank, comenzó a actuar. Uno de sus asociados, Henry Oppenheim, desveló el plan Dervieu al gobierno británico.

Lord Derby propuso que el gobierno británico comprase las acciones. D'israeli, el nuevo Primer Ministro Conservador, cenaba todos los domingos con el barón Lionel de Rothschild. Sus palabras eran: “En su casa siempre hay algo nuevo que aprender”. El Consejo de Ministros decidió en principio que la compra debía llevarse a cabo. A pesar de todas las intrigas, el Jedive decidió que, en caso de vender, se favorecería la compra por parte del gobierno británico. Al final Lord Derby pudo enviar el siguiente telegrama: “Se acepta la oferta del Jedive. El gobierno de Su Majestad ha acordado comprar las 177.642 acciones del Virrey por la cantidad de cuatro millones de libras esterlinas recomendando al Parlamento la autorización del contrato”. Este fue el trato, a un interés del cinco por ciento. En el espacio de seis años la acciones subieron de cuatro millones a cinco millones setecientas cincuenta mil libras. A final del siglo, el incremento fue subiendo dos millones por año hasta llegar a la Primera Guerra Mundial, fecha en la que las acciones valían diez veces el precio de compra original. Fue entonces cuando D'israeli envió a la Reina Victoria el célebre mensaje que tanto se ha citado: “Está hecho. Ya es vuestro, Señora”.

En una de las cartas a su amiga Lady Bradford, D'israeli decía: “Hemos tenido a todos los jugadores, capitalistas y financieros del mundo, alistados y organizados en bandas de saqueadores apostados frente a nosotros, sin contar los mensajeros secretos apostados en cada esquina; contra todos hemos luchado sin despertar la menor sospecha”. El periódico Times se dio cuenta del alcance del asunto y preguntó: “Si Britania ocupa el puesto de directora en un consejo de administración o si se introduce en una reunión de accionistas internacionales, ¿por qué no hacerlo en otra?” Algunos dijeron que esta forma de actuar podría producir “un cambio en nuestros hábitos políticos”.

El procedimiento que aseguró el préstamo para la compra del Canal, muestra el cambio fundamental en el poder que marcaría el comienzo de una nueva relación entre un Congreso que habla y un Banco de Inversiones que compra y vende. Cuando se aprobó la petición del préstamo con el que efectuar la compra, el Parlamento ni siquiera estaba reunido. De haberlo estado, es posible que el trato no se hubiera cerrado. D'israeli dijo: “No pudimos convocarlos a todos porque de hacerlo, el asunto se habría ido a los cielos, o a los Hades”. El resultado fue que D'israeli solicitó el préstamo sin la autorización de la Madre de todos los Parlamentos. D'israeli se lo pidió a los Rothschild. Ocurrió de la siguiente manera: en Westminster, Montague Lowry-Corry, el futuro Lord Rowton, esperaba fuera de la sala del consejo. Una vez decidida la compra, el Primer Ministro sacó la cabeza por la puerta entreabierta y dijo: “Si”. Al oirlo, Corry fue a ver al Barón de Rothschild para informarle que el Primer Ministro quería cuatro millones de libras esterlinas. Rothschild preguntó: “¿Cuándo?” Se le dijo: “Mañana”. El banquero tomó una uva, la masticó y tras escupir la piel dijo: “¿Cuál es la garantía?” Corry respondió: “El Gobierno Británico”. A los pocos días el dinero fue transferido con una comisión del dos y medio por ciento y a un interés anual del trece por ciento. A partir de ese momento, se formó un triángulo de relaciones cruzadas entre los miembros de las grandes casas bancarias europeas, sus jefes de Estado respectivos y los primeros ministros de cada Parlamento y Congreso. Desde entonces hasta nuestros días, por ejemplo, ha existido una íntima relación social y económica entre la rama inglesa de la Casa de los Rothschild y la Casa de los Windsor, la antigua Casa de Saxe-Coburg y Gotha, conocida ahora como la Casa de Mountbatten que antes fue Battenberg. Todas estas relaciones se han ido fortaleciendo con la serie de guerras terribles que han asolado al continente europeo. En menos de cien años, en 1956, el Canal que D'israeli había asegurado, fue invadido por Inglaterra y Francia; esta vez el agente colaborador iba a ser Israel, otra transformación muy al caso. A partir de entonces, en cada uno de los grandes proyectos tecnológicos, desde el de la construcción del Ferrocarril de Bagdad hasta toda una larga lista de instalaciones nacionales de gas y electricidad, pasando por ese acto vital y central propio de cada Estado nacional que es la compra de armamento, se puede observar la evolución y expansión de los procesos bancarios pudiendo medirse el incremento de su poder de modo proporcional a la disminución del ejercido por el del Parlamento o el Congreso.

Al observar de cerca cómo experimentan estos procesos los parlamentarios, debemos recordar que viven ajenos o son incapaces de comprender la verdadera naturaleza de las finanzas modernas. Esta incapacidad se debe a dos razones: la primera es la necesidad que tiene el Partido de conseguir los fondos necesarios para presentarse a las elecciones del país y poder luego seguir funcionando con unos medios básicos. La segunda es la creciente presión a la que se ven sometidos a la hora de responder al examen y la crítica de los medios de comunicación, hoy prensa y televisión. Tan ocupados están con las tertulias de la TV y los columnistas de los periódicos, que son incapaces de darse cuenta que detrás de estas organizaciones están los magnates de los medios de comunicación con sus programas personales destinados a lograr el éxito de sus empresas capitalistas internacionales al tiempo que carecen del más mínimo interés por la supervivencia o derrocamiento de un parlamento que, por lo que a ellos atañe, está sólo de paso. Si a ésto añadimos una segunda capa de ofuscación formada por la influencia, la normativa y la opinión de la Bolsa, la City, Wall Street o la Bourse, veremos a nuestro parlamentario reducido a la impotencia política. Hasta la primera mitad del siglo XX la anulación del poder de los representantes del Pueblo libremente elegidos aún no era total. En la segunda mitad del siglo , la abrogación de la autoridad se hizo absoluta.

En una reunión celebrada en Freiburg con uno de los autores de la Constitución alemana de la post-guerra, escuché asombrado la fanfarronería contenida en sus palabras. Lo que tenía que decir era lo siguiente: El gran logro de la Constitución alemana que habían esbozado era que, de una vez por todas, el poder de crear dinero y controlar los tipos de interés había pasado de las manos del Bundesreigerung al Bundesbank. El individuo en cuestión declaró con orgullo que para él ésto había sido un acto de reafirmación con el que se iba a salvar la democracia. Esto denota que estaba pensando en el pasado, creyendo que el poder político ejercido sobre la moneda era lo que había permitido el surgimiento del Tercer Reich, algo que con la nueva legislación ya no podría suceder. Esta persona seguía atrapada en la vieja dialéctica liberal que imaginaba que la democracia y la dictadura eran dos cosas distintas. De haberse fijado en el futuro, habría comprobado que si se anula el poder de la dictadura se abole también el de la democracia. Lo que había decretado esa Constitución se iba a imponer paso a paso en todos los países de la Comunidad Europea; el paso final se dio cuando el régimen socialista británico concedió una autonomía similar al Banco de Inglaterra. Una vez más nos encontramos frente al dilema previamente observado entre la democracia y la dictadura; la diferencia es que ahora hemos pasado de una situación que se mantuvo durante doscientos años a otra completamente nueva.

Se podría argumentar que la democracia siempre ha alardeado de garantizar la seguridad de sus ciudadanos y el bienestar de su sociedad mediante la separación de los poderes, Legislativo y Ejecutivo, lo cual significa en teoría que en una Democracia el ciudadano en oposición al Estado puede expresar su opinión con el respaldo de la justicia. Este era el carácter de la sociedad política. Pero ahora la sociedad política ha llegado a su fin. En la nueva forma, la práctica política, las instituciones y los diversos procedimientos, —en resumen, la forma de gobierno— ha sido reducida a no ser más que una concha vacía mientras que los restos han sido completamente reconstruidos. En la nueva sociedad económica en la que ahora vivimos, lo que se da es una separación entre el Ejecutivo y lo Financiero.

Esta nueva percepción de la política electoral, de la representatividad, de la elaboración de las leyes y de los presupuestos, muestra que todo está supeditado y bajo el dictado de las instituciones supranacionales y sus formas de proceder, es decir, los super-bancos y los Bolsas del mundo entero. A esto hay que añadir la amargura que produce constatar que el documento fundacional del Estado moderno, la Constitución, es absolutamente equívoco. Cuanto más elevada es la retórica, más baja y engañosa es su aplicación. Por tanto, es de vital importancia comprender que el acto de liberación de la tiranía de la Democracia debe ir precedido de una desmitificación del texto Constitucional.

No cabe la menor duda de que en los EE.UU la Constitución ha sido elevada, no sólo a una posición similar a la de las escrituras reveladas, sino incluso a un nivel superior al de un texto divino. En los textos escolares y las guías de los museos el lenguaje al respecto induce a pensar de forma inequívoca que se trata de un documento escrito por hombres en estado de inspiración divina. Lo que queda por explicar es si los escasos cien políticos necesarios para promover una Enmienda deben entrar también de alguna manera en el mismo estado bendecido. En la hilarante pantomima mediática que rodeó la presentación de las causas y los efectos del proceso de recusación del Presidente Clinton, y sobre todo en los ridículos intentos por conferir gravedad al proceso, tuvo lugar un largo y tortuoso debate acerca de la definición de los “delitos graves e infracciones”, cláusula constitucional sobre la cual se basaba la moción de censura. El vergonzoso fracaso de los senadores que intentaron conferir a esta frase inadecuada al caso un contenido oculto y majestuoso, reveló a todo el mundo lo que un observador harto del asunto resumió con esta frase: “¡No tiene el menor sentido!” La Constitución no sólo fue incapaz de enjuiciar a su Líder dentro de un marco legal que sirviera de referencia, sino que para mayor oprobio de la misma había fracasado antes de forma trágica y miserable; primero, a la hora de proteger a la población indígena americana, a la que no consiguió salvar del genocidio ni proteger sus tierras; y segundo, porque habiendo permitido la esclavitud en los primeros días de los Estados fue incapaz luego de reinsertar a los esclavos como ciudadanos de pleno derecho haciendo uso de la encomiada declaración de los Derechos Humanos de la que la constitución se proclamaba firme defensora. La misma Constitución legalizó el alcohol, luego lo prohibió y ha acabado reinstaurandolo. Lo más grave es que el Impuesto Federal sobre la Renta que se aplica a todos los ciudadanos de los EE.UU. es una flagrante violación de este texto sagrado, puesto que si bien la riqueza como tal puede estar sometida a impuesto, los salarios no pueden ser considerados un incremento de la misma al ser un intercambio por un trabajo efectuado. Es importante resaltar que no hay un solo céntimo de este impuesto que vaya destinado al bienestar de los ciudadanos; todo va a parar a las manos de los propietarios del Federal Reserve Bank.

La Constitución es el documento que mejor define la naturaleza de la República Democrática. En sí mismo es un instrumento hecho a conciencia para la destrucción de la cultura nacional. Antes del Estado Napoleónico el francés era una lengua minoritaria rodeada por otras más antiguas, ricas y dinámicas. En un espacio de tiempo mínimo, el francés se impuso por la fuerza sobre una ciudadanía que acababa de entrar en el campo embriagador de la Libertad. El grupo étnico minoritario está considerado como un fenómeno hostil que representa una afrenta contra las glorias de la Democracia. La asimilación es el término doctrinal con el que se propugna el abandono de una cultura, de una forma de vestir tradicional, de una conducta moral más elevada y de un antiguo lenguaje heredado. Cuando las Highlands se alzaron en contra de la Democracia política inglesa, sus habitantes fueron pasados por las armas de forma despiadada. Los supervivientes fueron expulsados de sus tierras hasta que fueron literalmente arrojados al mar. Se les hizo subir contra su voluntad a barcos con destino a Tasmania y Nova Scotia. Al no ser esclavos, los ingleses permitieron que el número de los embarcados en los barcos de transporte de esclavos triplicase las cantidades acostumbradas. El kilt fue declarado ilegal y durante años quien lo utilizase era sentenciado a muerte. Los niños que hablaban gaélico eran obligados por sus maestros a introducir piedras calientes en sus bocas.

Esta historia se repite en la Bretaña, en Provence y de forma más despiadada en las regiones Vascas de Francia y España. El Estado de Attaturk, cuya estructura era una réplica casi absoluta del Estado francés, promulgaba sentencias de muerte e impartía duros castigos a sus, así llamados, ciudadanos Kurdos.

Es posible que la iniquidad más grande que tiene que sufrir un Pueblo por la maldición de su Constitución es la oculta función que ésta desempeña en el terreno económico. Cabría preguntar también la razón de una Constitución y un Estado Nacional cuando este patrón de la guerra civil cíclica y la guerra contra un enemigo ha despojado al gobierno central de toda autoridad.

Dentro de la nueva hegemonía del poder financiero es donde mejor se puede reconocer la verdadera función del Estado Nacional y su documento definitorio del ciudadano, la Constitución. Ser ciudadano de un Estado democrático te garantiza —tal y como señaló Anatole France hace cien años en su novela “La Isla del Pingüino” — que gracias a este supremo honor vas a estar registrado en el Censo Nacional. El objetivo de este Censo es asegurar tu sometimiento al sistema impositivo del Estado. Es un registro en el que consta tu compromiso de aceptación de tu parte en la Deuda Nacional del Estado. En cada nuevo paso de tu vida llevarás sobre los hombros, no sólo las deudas propias contraídas, sean buenas o malas, sino también el peso de una serie enorme de préstamos sindicados, gastos y programas, e incluso guerras que nadie presentó a tu aprobación. Aquí ante la mirada reveladora de los acontecimientos históricos es donde el engaño de la relación entre el Estado moderno y su ciudadano se hace más patente. En las masacres despiadadas ocurridas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, el soldado británico había sido arengado diciéndole que estaba luchando para liberar a la “pequeña y valerosa Bélgica”. Cuando la guerra alcanzó la máxima virulencia, la arenga subió de tono diciendo ahora que su muerte sería por “el Rey y el País”. Cuando ambos bandos comenzaban a estar extenuados, la forma de imbuir pasión a los soldados fue decirles que tenían que luchar contra “el Pérfido Huno”.

La disposición de los soldados para ir hacia la muerte sólo duró los primeros días de la guerra; al poco tiempo se ordenó la movilización nacional por el Gobierno Democrático condenando con ésto al olvido a toda una generación. En toda Europa la movilización ha sido, y en muchos casos sigue siéndolo, una obligación esclavizante cuyo rechazo está sujeto al castigo de cárcel y la deshonra social. Para los musulmanes hay en el Corán aleyas legales evidentes que dejan la decisión de ir a la batalla en manos del individuo. Como el reclutamiento forzoso produjo las enormes masacres de las trincheras y los desembarcos en las dos Guerras Mundiales, esta despiadada obligación debe ser contemplada como uno de los factores clave en el fracaso de la Democracia. Incluso los que son lo suficientemente ingenuos como para aferrarse a la vana esperanza de que la Democracia no es un engaño absurdo, acaban por definir estas guerras como suicidios nacionales y llegan a afirmar que la única forma de obtener la famosa Egalité es con la muerte. La compasión divina hacia los que no quieren luchar y el perdón anunciado en la Azora At-Tawba es otra poderosa dimensión del nuevo Nomos que ofrece a su comunidad la forma de gobierno islámico.

Una vez encapsulado el individuo dentro del marco Democrático, con la Constitución ocupando un lugar preponderante, con la bandera diseñada, el himno compuesto y la moneda impresa, el imperativo categórico que impulsa al capitalismo usurero exige un nuevo imperativo en el impotente y tiranizado ciudadano Demócrata. El principio federal engloba y tritura en una sola unidad a los grupos políticos individualizados que antes coexistían dentro de los Estados primigenios. Debe recordarse que la Francia con la que se encontró Napoleón era una serie de entidades autónomas multilingües cuya lazo de unión era la proximidad geográfica. Con anterioridad al Estado italiano moderno fraguado por Mazzini y Cavour, lo que había en Italia era un mosaico similar de idiomas, Estados individuales e historias de ciudades. Lo mismo ocurría en España y Rusia. La victoria de 1945 de la América masónica sobre el postrado y exhausto cuerpo político de Europa, proporcionó una más fervorosa inspiración a los líderes ateos y kafir que re-diseñaron el nexo social de los endeudados y agotados Aliados. La Liga de las Naciones que había fracasado tan miserablemente a la hora de proteger el Reino de Abisinia tuvo que ser reconstituida —utilizando de nuevo la enfermiza retórica idealista de la unidad, el mundo único y la paz eterna— convirtiéndola para la ocasión en un nuevo Gobierno supranacional: la Organización de las Naciones Unidas. Y aquellos que aún insisten febrilmente en que esta guerra sirvió para salvaguardar estos elevados principios deberían tener presente la evidencia de la vecindad de su cuartel general domiciliado en Nueva York a pocos minutos de distancia del distrito financiero de Wall Street, y que el centro de mando, el Consejo de Seguridad, dio a los americanos y a los poderes victoriosos el derecho de veto sobre las decisiones a tomar. La creación del minúsculo Estado de Israel se aprobó por la Asamblea a pesar de las acusaciones de compra de los votos africanos; con ello, de forma misteriosa, un territorio ocupado se convirtió en un Estado soberano que aún está en el proceso de inventar su lenguaje a partir de fragmentos de unos textos sagrados que su sociedad ni siquiera utiliza. El resultado es que en el espacio de tiempo más corto posible se ha convertido en un país capaz de dictar condiciones a los poderes industriales más desarrollados, capaz de alardear de estar en posesión del servicio de inteligencia más brillante y extenso del mundo y también de ejercer una autoridad capaz de intimidar a los EE.UU. y a Alemania —y todo ello con una población similar a la de Togo.

Otro acontecimiento crucial en el nuevo diseño de la sociedad humana fue el Acuerdo de Bretton Woods sobre el cual hay gran cantidad de escritos publicados. No obstante, lo más preocupante es que la aplicación de las nuevas formas de actuar y la explotación perpetrada por las nuevas instituciones políticas y financieras, unidas a la imprevista e incluso más importante evolución en las telecomunicaciones, iba a producir un nuevo conjunto de parámetros y de números enteros completamente nuevos que regirían a partir de entonces todos los aconteceres humanos.

El mundo en el que hemos entrado supera ampliamente la inventiva de los novelistas y creadores de películas que han limitado su visión del futuro a una mera modernización de los procesos mecánicos. A partir de 1945, y durante el medio siglo siguiente que condujo a la importante y sin embargo totalmente insensata celebración del Segundo Milenio, la textura social compuesta de patrones y valoraciones morales, de formas aceptadas de interrelación humana, de inhibiciones cívicas y conducta admisible, ha sido barrida por completo. El matrimonio prácticamente ha sido abolido. La virginidad se ha convertido en un hecho vergonzoso que hay que superar y la fidelidad es una posibilidad más bien remota. La vida familiar está absolutamente condenada. Al adulterio, que fue delito para unos y pecado para otros, se le dio de lado prefiriendo la política del dormitorio de puertas abiertas. La inversión sexual se ha establecido como un modo social que está de moda y que garantiza una erosión aún mayor de los patrones sociales y que produce un grupo social importante totalmente al margen de la actividad política al estar implicados por completo en una filosofía sexual que todo lo impregna.

En su obra “El Arte de Ser Gobernado” Wyndham Lewis dijo: “Todas las cuestiones relacionadas con la política y la vida social se agrupan en torno a la cuestión de la familia. La ruptura de la unidad familiar que se da en nuestros días es el hecho central de nuestras vidas: y esta desintegración central, tanto de pensamiento como de hecho —ajustes consecuencia de nuestra psicología— se difunde por el resto de las fases revolucionarias de nuestra nueva sociedad. Las relaciones entre el hombre y la mujer, de los hijos con sus padres, de amistad y ciudadanía para con los nuevos ideales del Estado, están controladas por esta ruptura”. Esto fue escrito en 1926, y ya en esa época tan temprana, Wyndham Lewis fue capaz de percibir que “el feminismo es un movimiento dirigido hacia la destrucción de la familia”. Proudhon, el gran anarquista apenas estudiado, dijo en su libro “Contradicciones”: “El amor y el matrimonio, el trabajo y el círculo familiar, la propiedad y los asuntos domésticos... son términos equivalentes. Sobre este punto toda la humanidad es unánime —toda excepto los socialistas, que en la soledad de su vacío ideológico protestan contra esta unanimidad del resto de la humanidad. El socialismo quiere abolir la vida familiar porque es demasiado cara. Quiere abolir la propiedad porque es perjudicial para el Estado”. El análisis que Wyndham Lewis hace de Proudhon sugiere que este último consideraba la amenaza del nuevo Estado-esclavista aún peor que la anterior. Proudhon también vio que si se obligaba a separar al hombre y a la mujer “por exigencias económicas o intrigas políticas, fracasarían sin remedio —es decir, ya no serían libres”. La visión de Proudhon anticipaba de forma brillante una evolución social que en su época todavía estaba en estado embrionario. Por un lado el socialismo iba a significar una transformación de la versión de Proudhon, la abolición del estado fiscal, luego seguiría la versión marxista, el capitalismo de Estado, para por fin terminar con los Estados federales de bienestar tales como la C.E. y los EE.UU. Por otro lado, el sistema de bancos familiares que entonces comenzaba ya a brotar, iba a completar sus diversas expansiones y evoluciones tecnológicas para convertirse al fin en el gran dictador de la sociedad y de todas sus actuaciones.

Los griegos, que según se dice tenían una palabra para cada cosa, carecían de una para eso que llamamos la banca. Esta carencia detuvo de forma importante el fenómeno de la banca moderna. Al no existir tal palabra sus astutos Popes eligieron como traducción de “banco” la palabra “trapeza” que significa de forma bastante literal “mesa”. Se escogió esta palabra porque era el único banco que conocían. Sobre la mesa del hogar el marido depositaba su salario, la esposa ponía el recipiente donde guardaba las monedas ahorradas y entonces se decidía el gasto de la familia. La abolición de la familia formó parte del programa doctrinal de la banca ya desarrollada. Vaciada la mesa, la familia tiene que romperse. El orden natural está destrozado y oculto tras una serie de modernos términos sociológicos: “familia de un solo padre”, “padres de un solo sexo”, “niños bajo la custodia estatal”, términos que anuncian el fin de una época. Hay que repetir una y otra vez que los imperativos categóricos de la nueva sociedad no forman parte —por muy abrumadoras que sean las proclamas de los medios de comunicación y de la dialéctica propiciada por la universidad— de una especie de marcha hacia adelante de una humanidad en camino hacia las extensas y soleadas alturas de la retórica democrática; sino que más bien son síntomas de quebranto, disyunción y final. O en términos de Curzio Malaparte: “Rota, acabada, destrozada, arruinada”. Antes de la Revolución Francesa, los Tres Estamentos en los que estaba dividida la sociedad eran el Clero, la Nobleza y el Tercer Estado. Después de doscientos años de democracia la sociedad se ha dividido de nuevo en tres categorías: los Banqueros, la nueva clase tiránica en el poder, los Millonarios, la nueva Nobleza, y los esclavos deudores, el nuevo Tercer Estado. Pero fijémonos con detalle en este nuevo gobierno oligárquico que todavía pretende alegremente ser el producto final de la evolución, es decir la Democracia. El antiguo Tercer Estado tenía dos niveles: en el más elevado estaban los que pagaban impuestos por las tierras alquiladas y en el más bajo los que carecían de tierras. En la nueva distribución, llamada modernidad, el Tercer Estado lo forman los que tienen deudas contractuales —y recordemos que cada ciudadano es un deudor— y por debajo de ellos está la enorme masa de gente que vive bajo mínimos en la más abyecta pobreza, teniendo que vender a sus hijas como prostitutas y viéndose obligados a recorrer los basureros de la ciudad en busca de algo con lo que poder sobrevivir.

La situación en la que vive la gran mayoría de la población de nuestro planeta es absolutamente degradante, sin esperanza alguna, condenados a una vida de total deterioro y con una mortalidad infantil inaceptable que irónicamente parece ser una liberación del trabajo infantil, la prostitución y la hambruna que padecen los niños capaces de sobrevivir. Si hay algo aún más repelente que este crimen monstruoso es la actitud de los Ciudadanos Demócratas. En nuestros días esta situación se ha vuelto tan normal que se la contempla como un hecho antropológico. Ni siquiera existe el concepto de la responsabilidad. Su nauseabunda filosofía de la libertad les dice, en una cínica parodia del darvinismo social, que los dotados de talento llegarán arriba y se enriquecerán mientras que la escoria descenderá a los barrizales de la pobreza mundial. Sus inútiles y desvergonzados modelos, los “Famosos”, famosos sólo por ser famosos, asistirán a galas caritativas donde obtener fondos para los más desvalidos, vistiendo espantosos modelos tan caros que con uno de ellos habría suficiente para dar de comer a un niño durante un año entero. Más débil aún es la postura de los pseudo-radicales que se manifiestan en las calles a fin de persuadir a los banqueros de que condonen una minúscula parte de los intereses de las deudas que han condenado a sus indefensas y pequeñas Naciones Democráticas a la creciente espiral deudora de la que jamás se podrán librar.

Si fuera posible afirmar que hay un escalón aún más bajo en la desvergüenza, sin duda sería el de los oportunistas despiadados y cínicos explotadores encarnados en esos preocupados musulmanes que han tratado débilmente de eludir lo que saben es la maldición de la usura. El grupo más bajo de la ignominia está formado por aquellos que ofrecen a la ingenuidad de las gentes la ilusión del Banco Islámico. Dado que el sistema bancario es una máquina global totalmente integrada, el hecho de conectarse con él, aunque sea con un programa menor que sugiera la remota posibilidad de permanecer aislado de la usura, se convierte en una fantasía grotesca. El sistema en sí es haram. El papel moneda es una nota promisoria usurera. Los miles de millones que se transmiten vía satélite de un lado al otro del planeta y que son los que mantienen, manipulan y controlan los mercados mundiales, no existen en cámara acorazada alguna, sino que son una mera serie de impulsos electrónicos que forman parte de la magia que ha esclavizado al mundo entero.

Es necesario repetir y hacer ver sin descanso que las grandes masas de kuffar sumidas en la pobreza —y con ellos ese pequeño grupo de la comunidad kafir que ha recibido una educación en el sistema estructuralista kafir — carecen de instrumentos intelectuales y capacidad social con la que reconocer el engaño bajo el que han transcurrido sus vidas hasta ese momento. Sólo los kuffar más jóvenes, como creación nueva que son, serán capaces de romper el hechizo. Entre los kuffar existe una dialéctica que afirma que la razón de que haya musulmanes fundamentalistas es porque viven en una pobreza miserable y que una vez que se introduzcan algunos planes de desarrollo social, se eliminen los restos del Din del Islam y se adiestren en la industria de servicios del turismo, esta resistencia desaparecerá. El fracaso del fundamentalismo se debe más bien a errores en su ‘aqida (creencia) y a que los kuffar han diseñado un programa para los musulmanes cuyo objetivo es llevarlos a un extremismo que, al convertirlos en una especie de secta, los separa del gran cuerpo de creyentes que están esclavizados.

Dicho ésto podría parecer que la percepción del nihilismo sería de por sí otro nihilismo igual al anterior. Sin embargo, la transvaloración de todos los valores exigida por un nuevo nihilismo que signifique un salto radical y haga surgir al Superhombre, no es ni más ni menos que el anuncio de las Buenas Noticias que Allah, glorificado sea, manifiesta en el Corán. La verdad que ahora debemos desvelar es muy sencilla. El proceso tecnológico, es decir, los procedimientos tecnológicos y la interrelación tecnológica, aunque sea a escala global, no funciona por sí solo. En esta nueva era, la Democracia Política ha pasado de ser una forma de gobierno a ser la mera fachada política de la banca. En estos momentos, una empresa de medios de comunicación domiciliada en los EE.UU. presume de obtener unos ingresos anuales superiores a los de toda Rusia. Ahora el sistema de riqueza ya no se somete al escrutinio sumarísimo de las discretas instituciones financieras, en una especie de gran balance total, puesto que su carácter, genio y energía pertenecen a un modelo más dinámico. La riqueza de nuestros días está en constante movimiento. La propiedad de una compañía puede estar vinculada a una sociedad que a su vez se conecta con la filial de otra sociedad para así acabar siendo parte de un gran holding. La contabilidad pasa de la empresa a la sociedad mercantil, luego al banco, de ahí al extranjero y por último al mega-banco. Las deudas se convierten en préstamos y éstos en inversiones. Esta construcción se parece a uno de esos dibujos de Escher donde un antiguo castillo aparece formado por un laberinto de pasillos interminables y de escaleras que se conectan y separan entre sí de forma que cuando se sube se acaba por bajar y cuando se baja se va hacia arriba, sin lugar donde detener la mirada. Esta fantasmagoría pretende detener tu avance convencido de que jamás podrás descifrar y desmantelar tan complejo sistema. Y sin embargo no son los bancos los que esclavizan a las masas del planeta, expropian su riqueza, sus bienes, sus tierras y sus hijos. Quienes lo hacen son los banqueros.