LA TÉCNICA DEL 'COUP DE BANQUE'

Shayj Dr. Abdalqadir As-Sufi

—VI—
Los Camondo
La zona de operaciones de la inmensa aventura bancaria de la familia Camondo, o mejor sería decir del robo organizado y legalizado, fue la Constantinopla de la última fase del Califato. Durante el siglo diecinueve, el Califato aún conservaba la alta civilización Islámica que iba a conocer un luminoso despertar cultural en los últimos años de ese siglo bajo el gran Sultán Abdulhamid II. En esa época, los musulmanes experimentaron un florecimiento de sus negocios y comercios mientras que las importantes comunidades judía y cristiana pagaban el impuesto de la ÿizia que les eximía de las obligaciones militares y se les garantizaba protección contra las persecuciones religiosas. Cuando terminó la reconstrucción de la sociedad por parte de los banqueros todo había cambiado por completo: los judíos y los cristianos eran ahora los amos, enormemente ricos, y los musulmanes Osmanli —albaneses, kurdos, turcos y árabes— quedaban reducidos a un estado de pobreza jamás conocido por los que no eran musulmanes y que a partir de ese entonces se ha convertido en la condición fatal de los musulmanes.
En los distritos de Pera y Gálata, donde había vivido durante el siglo trece una colonia comercial genovesa, comenzaba ahora a reunirse una comunidad financiera extranjera a la que pronto se unirían familias banqueras judías y cristianas. La mudanza del recinto del Topkapi al extravagante y costoso palacio de Dolmabache supuso la caída del Califato en las redes de los financieros. A finales de siglo, la mitad de los judíos de Estambul vivía en Gálata. Allí fue donde Isaac Camondo creó en el año 1802 el banco que llevaba su nombre. Treinta años más tarde, su hermano Abraham-Salomon Camondo heredaba su fortuna calculada, en dinero de la época, año 1832, en unos veinticinco millones de dólares.
En 1839, el desastroso Hatt-i Sherif Gülhane dio paso al periodo del Tanzimat en el que se destruyó la ley islámica al abolir el estatus dhimmi de los no-musulmanes; con ello se aseguraba que la gran riqueza de los Osmanli pasaría a manos de los kuffar y la población Osmanli ocuparía el puesto de esclavos en su propio país. Lo que los banqueros hicieron en Constantinopla entre los años 1850 a 1950 lo están haciendo ahora en la totalidad del planeta.
Las reformas sobre las que se hizo hincapié fueron: centralización de una administración que remplazaba a la forma de gobierno local, cuya vinculación es libre y autonómica y que es la forma de gobierno del Islam; unificación de la ley, inútil regalo napoleónico de una “igualdad” que carece de relevancia económica; la secularización de la educación —lo cual significa la abolición de la religión—, y la reorganización del ejército para con ello desplazar la lealtad militar debida al gobierno musulmán por la conveniencia de someterse a los pagadores kuffar; un plan que hoy se ha cumplido enteramente dejando relegado al alto mando militar al mero papel de una junta que acata las órdenes de los banqueros y se muestra sumisa ante Israel.
Los tres visires que establecieron el Tanzimat kafir fueron: Rechid, ‘Ali y Fuad Pasha. Sus banqueros e íntimos amigos eran los Camondo. Estos llamados reformistas habían pasado largas estancias en París donde fueron adoctrinados en la política a seguir para allanar el camino a la implantación del sistema de poder de los banqueros. Abraham-Salomon, como parte de la política banquera, fue distinguido con todo tipo de honores estatales: en 1849 recibió el “Nishan-i Iftihar” y se convirtió en Jefe de la Medÿidiyé.
La impresión de papel moneda, la Kaima, significó la toma del poder estatal por parte de los banqueros. La inexperiencia de los Osmanli a la hora de tratar con las modalidades de la usura financiera y sus instrumentos, bonos, créditos, emisión de nuevas acciones, agravado con la falsificación del papel moneda, obligó al Estado a llamar a los banqueros para que diseñaran un sistema financiero “moderno”. Las reformas monetarias fueron la oportunidad de crear nuevos bancos que además estaban interrelacionados. Se estaba tejiendo la tela de araña.
En 1845, el Estado Osmanli, junto con Mm. Alléon y Teodoro Baltazzi crearon el Banco de Constantinopla. La Guerra de Crimea fue el acontecimiento que propició la expansión de la banca dentro del Dawlet Osmanli, además de servir de señal para que los banqueros europeos comenzaran a poner en escena su mayor delito y engaño: el de las inversiones. Tal y como ocurre con todo lo que está conectado con la filosofía kafir , cada término calificado como bueno indica su opuesto en realidad. Las inversiones extranjeras consideradas como algo bueno significan en realidad el despojo de los bienes. Los Rothschild fueron los primeros inversores “franceses” en el capital Osmanli. Alphonse de Rothschild vino con la propuesta de su padre James para establecer una rama de los Rothschild “franceses” en Constantinopla; pero el gobierno ya había aprobado la fundación del Banco Otomano con un capital de quinientas mil libras esterlinas. Pronto comenzó a tramarse su transformación en el Banco del Estado. En esta operación vemos a la banca moderna aplicando su fórmula irresistible. La transformación del capital privado en un Banco Nacional Estatal era el sistema de poder de la nueva oligarquía.
Esta forma de actuar superaba al Coup d'Etat. ¿Para qué tomar el Palacio de Invierno si podías poseerlo sin disparar un solo tiro? El que dispara es el enemigo del Estado: el terrorista.
Alphonse de Rothschild trató de detener el proyecto de los banqueros ingleses. Con ésto comienza el nuevo conflicto de la época: la guerra interbancaria, que no se hace con armas, sino con cartas de crédito. La Compagnie Layard se había presentado con una oferta de veinte millones de libras esterlinas. Rothschild dudó antes de enviar a Landau, su hombre de confianza, ya que su plan era la constitución de un Banco Otomano que fuera la única entidad financiera de Constantinopla. Lord Canning y Thouvenal, agentes de los gobiernos inglés y francés, lejos de dictar el curso de los acontecimientos se limitaban a revolotear alrededor. El asunto no quedó resuelto hasta que Emil e Isaac Pereire fueron capaces de crear la Banque Imperiale Ottomane en 1863. Este iba a ser el modelo que, en su forma más desarrollada, iba a adueñarse del mundo entero. Los bancos se transformaron en super-bancos haciendo a nivel internacional lo que los banqueros Pereire habían hecho con el Estado Nacional. Con ésto se estaba dando paso a la constitución del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En el caso del Banco Imperial Otomano, y con una sola institución, se había creado un Banco Central, un banco de depósitos y un Crédit Mobilier. Esta única institución no sólo podía establecer el tipo de interés bancario, sino también prestar, comprar, vender, negociar la compra de bienes, invertir y participar en proyectos de inversión y acuñar e imprimir moneda. Para los Camondo el asunto estaba claro: era el Banco por excelencia. Mientras que el Banco Otomano había dependido fundamentalmente del capital local, el nuevo Banco Imperial Otomano era esa cosa mágica e inaccesible: un banco con “fondos internacionales”.
Enseguida comenzó la siguiente fase, en la que puede verse la forma arquetípica de toma de poder con la que son abolidos los poderes de los representantes políticamente elegidos. El Banco Imperial Otomano había hecho entrar en su seno a los principales banqueros de Gálata, demostrando con ello una vez más que cuando en la banca aparecen los beneficios los enemigos se convierten en aliados. Una vez incorporados Alléon y Hanson, del grupo de financieros de Pera, Camondo comenzó a expandir sus actividades mediante la creación de una entidad hermanada: La Société Générale de l'Empire Ottomane. Sir William Clay, el Presidente del Banco Imperial Otomano en Londres, dijo a sus accionistas: “La idea que ha propiciado la implicación del Banco Imperial en este proyecto fue que en Turquía existen dos áreas bien diferenciadas, una de finanzas y otra de comercio. Para las relaciones del Estado turco con Europa, el Banco Imperial es el instrumento apropiado. Pero existen muchas operaciones financieras vinculadas al gobierno, la municipalidad y a particulares que exigen experiencia bancaria de tipo local además de la habilidad de poder seleccionar los banqueros y los capitalistas más adecuados para cada proyecto específico. Es evidente que una alianza podría establecerse entre nuestro Banco y estos grupos mencionados que son muy ricos y poderosos y están deseando entrar en acción. Es preferible tener a esta gente como amigos que cooperen con el Banco en vez de como rivales declarados”.
Estaba tomando cuerpo un sistema completo de control financiero. Los bancos comenzaban a estar presentes en cada una de las actividades de la vida civil, desde los grandes proyectos tecnológicos hasta la tienda de ultramarinos del barrio. Pronto iba a llegar el momento en el que no habría práctica social que no pasara por las manos de los banqueros. No habría concierto musical, tienda, escuela, colegio, casa o partido de fútbol sin la presencia del banco entrometiéndose entre las dos partes, orquestando y controlándolo todo; no habría periódico comprado ni factura del gas pagada que no fuera deducida directamente de la cuenta bancaria.
Los amos del mundo.
En Marsella estaba la familia Zafiri. En Viena los Baltazzi. En París, los Camondo destacaban por encima de sus rivales de Constantinopla. La Société Générale iba a tener un capital de dos millones de libras esterlinas repartido en 100.000 acciones de veinte libras cada una, y de las que menos de una décima parte iban a ofrecerse a la suscripción pública. La capacidad de crédito de la Société, fundada en Julio de 1864, fue tan enorme que a finales de ese año prestó al gobierno Osmanli la suma de cincuenta millones de francos. Los Camondo veían así cómo su fortuna aumentaba de forma considerable.
El hermano siamés de la banca son los bienes raíces. Es importante darse cuenta de que los tentáculos financieros llegan a todos los aspectos de la vida civil, de forma que las finanzas son las encargadas de promulgar las leyes que incrementan su capacidad de control. Una vez que la banca se interpone entre el propietario y el posible comprador, ésta inventa la necesidad de una valoración previa de las tierras o de la propiedad que siempre usará en su propio beneficio. Las estructuras de los precios dictan entonces la naturaleza de la transacción, y definen o re-definen la naturaleza del comprador y marcan el objetivo al que se van a destinar las tierras o el edificio en cuestión. Podríamos en consecuencia afirmar que lo que llamamos “el mercado” es en realidad el precio determinado por el banco interpuesto entre el vendedor y el comprador.
En Mayo de 1885 se propuso un edicto de renovación urbana, Intizam-i Sehir Komisyonu. Iba destinado principalmente al distrito “cosmopolita” de Pera. El objetivo del decreto era permitir la construcción de nuevos edificios comerciales y bancarios en Pera, Gálata y Tophane. La actividad principal era la construcción de “Hans”. Originalmente, en el sistema islámico, los Hans contenían terminales para caravanas, hostales y almacenes al servicio del genuino y libre comercio del mercado islámico. Haciendo uso de la legislación vigente para este tipo de instituciones, que producían una riqueza que revertía en toda la comunidad, los Camondo planearon la construcción de edificios de oficinas y de bancos para una nueva élite financiera no-Osmanli. Entre los años 1855 y 1865, en una pequeña zona al sur del Gálata comprendida entre las calles Felek y Kürekciler, se construyeron los nuevos bancos, y en ese mismo lugar nueve de los diez Hans eran propiedad de los Camondo. De seis bancos, cuatro fueron instalados en sus Han. Crédit Lyonnaise se estableció en el Yakut Han, calle Mertebani, un edificio de los Camondo. Los Eugenidi, griegos de Constantinopla, fundaron con la familia Lafontaine la Sociedad Otomana de Cambios y Valores. Como sede eligieron el Latif Han de los Camondo en la calle Sevud. Los Zafiri y su Banco de Constantinopla se establecieron en el Lacivert Han de los Camondo. La Société Générale fundada por Abraham-Béhor eligió, por supuesto, un Han de los Camondo. Incluso Levantine Tubini, el enemigo de Nissim y Abraham-Béhor se estableció en 1869 en un Han Camondo.
La relación entre la urbanización y el capital bancario muestra la evolución de su poder y la centralización que se produce allí donde elegían establecerse. En París, los Rothschild ilustran el modelo por el cual los banqueros se establecen como necesarios en el mismo centro de los asuntos humanos. El primer paso consiste en elegir una zona inmobiliaria bien valorada y de relevancia social. El Baron James Rothschild compró, entre los años 1835 a 1859, varias casas en la Rue Lafitte, entre las que se incluían la que había pertenecido a Laborde, el banquero de Luis XV. De esta manera, Rothschild se convirtió en vecino de Jacques Lafitte, el banquero francés. Esto sirvió de señal al resto de los banqueros y pronto todo el Quartier se transformó en un distrito financiero. El segundo paso se dio cuando el mercado de valores, La Bourse, se construyó en el centro del barrio, mientras que en su límite exterior se establecía el Banque de France. Al poco tiempo, la Opera se erigió sobre planos de Garnier como la joya de esa corona. En el tercer paso, que no es más que una prolongación de sus créditos e implicaciones inmobiliarias, aparecen las grandes tiendas de lujo, los joyeros, las boutiques, las casas de alta costura, los bancos menores, las oficinas de cambio de divisas y las compañías de seguros.
Lo que pasó en París también tuvo lugar en Constantinopla. Propiciadas por las actividades de los Camondo, a finales del año 1860, las tiendas y las boutiques comenzaron a establecerse en torno a los Hans de los Camondo, llegando incluso a instalar luces de gas en las calles para prolongar la jornada comercial hasta bien entrada la noche. La conexión entre las actividades del capital en París y en Constantinopla se manifestaban en la forma de vestir. Los trajes de la élite bancaria venían de la Rue de la Paix de París, las camisas de Lami-Housset, los bastones de Verdier, los sombreros de Bandoni, los guantes de Jouvin; todo se podía comprar en el distrito de Taksim, Constantinopla.
El constante empeño de jugar el papel de “filántropos” fue, y sigue siendo, la fachada social de los banqueros; en parte, para dar un buen nombre a una profesión basada en el robo y la expropiación, y en parte, quizás para aliviar una minúscula parte de su maldad. Abraham-Salomon Camondo se enorgullecía de cubrir el rostro de la usura con el velo de la caridad. Construyó una sinagoga en Büyükdere, en el Bósforo. Construyó un centro comunitario en Rhodes. Construyó la escuela Kadosh Camondo y una sinagoga en Lindos. Financió una edición de la Mea'am Loez , un comentario del antiguo testamento para los gentiles. En 1870 estableció en el distrito Hasköy de Constantinopla un seminario con seis rabinos que residían en éste, el Yeshiva Maghen Abraham. Pero no todos los banqueros eran tan “filántropos”, y en París, donde se concentraban banqueros de toda Europa, los había que sólo querían la Bourse y los club nocturnos; eran miembros de familias tales como los Fould, los Worms de Romilly y los Cerfberr. Lo mismo ocurre en nuestros días: los hay que apoyan las tradiciones más antiguas y los hay que sólo quieren Las Vegas y Hollywood.
Sería falso asumir que los banqueros recibían siempre el beneplácito de las autoridades religiosas. Unos rabinos inspectores de la escuela Hasköy quedaron asombrados de las enseñanzas que allí se impartían. Acusaron a Abraham-Salomon de ser un déspota y conducidos por su líder, el rabino Akresh, se presentaron en la lujosa casa de Abraham-Salomon, el Yali de Yeniköy, y proclamaron con furia su excomunión. Desgraciadamente para el rabino, el leal masón Fuad Pasha estaba ese día en la casa tomando el té con su amigo banquero. Sin dudarlo y casi inmediatamente envió al rabino a la cárcel. Esta lucha continua fue lo que impidió al Dawlet Osmanli la designación de un Rabino Mayor entre los años 1863 a 1908.
El sábado 21 de Noviembre de 1864, en el Hotel d'Angleterre de Pera, Nissim Camondo anunció la creación en Constantinopla del comité regional de la Alliance, una organización europea pan-judía cuyo objetivo era proteger a sus correligionarios de las persecuciones. París, “centro de la civilización”, fue el lugar elegido para establecer el cuartel general de la A.I.U., Alliance Israelite Universelle, fundada por un grupo de académicos. Uno de sus primeros logros tuvo lugar en el Congreso de Berlín al que asistieron Bismarck y D'israeli; en esta reunión presentaron la cuestión de los derechos civiles de los judíos como algo que dependía de la independencia de los Estados Balcánicos. Fueron también los primeros en promover el concepto del diálogo entre judíos y cristianos, al que se incorporarían más tarde los musulmanes.
Los Camondo, en estrecha relación con el comité central de la Alliance de París, decidieron crear una escuela agrícola en Jaffa, Palestina, con un coste superior a los cien mil francos. No obstante, en la comunidad judía de Constantinopla existía una fuerte resistencia en contra de los Camondo, hecho que prueba que el tema racial carece de relevancia. En efecto, a no ser que se crea que Hitler fuera de alguna manera la encarnación de un poder maligno de tipo metafísico, y no que, más bien, fue sólo una parte de las complejas fuerzas destructivas presentes en la sociedad, la otra parte de la trágica ecuación que tuvo como resultado el genocidio de los judíos europeos sólo puede ser entendido si consideramos que uno de los factores desencadenantes de aquel horror fue la devastadora ambición de los banqueros usureros, entre los cuales destacaban sin duda alguna las grandes familias banqueras judías. En el siglo diecinueve, la furia irracional que empezó como oposición a los banqueros de Luis Felipe de Francia, descargó setenta años después sobre un desgraciado individuo, el Capitán Dreyfus. En el siglo veinte, la rabia de una Europa arruinada y en bancarrota, no cayó esta vez sobre uno, sino sobre millones de personas con resultados horripilantes. En Constantinopla, la hostilidad de la comunidad judía contra los Camondo no dejó de manifestarse, llegándose a ultrajar las tumbas de la familia por grupos religiosos judáicos opuestos a la presencia de los Camondo en Constantinopla.
Con la enorme riqueza acumulada por los Camondo y con el colapso del nexo social Osmanli, la familia comenzó a comprar propiedades en París a fin de abrirse paso en la capital banquera del mundo. Al poco tiempo de llegar se les concedió el ingreso temporal en la Corte imperial y llegaron a tener un palco en la Opera. Nissin Camondo y Abraham-Béhor se asociaron con la familia Oppenheim cuya riqueza procedía del saqueo de Egipto. Hermann Oppenheim, una vez esquilmado Egipto y tras haber endeudado gravemente a su gobierno, decidió trasladarse a París en 1866. Su llegada a la ciudad siguió el procedimiento clásico de los banqueros: Compró el Hotel Scribe, adquirió un château en el campo que llenó de pinturas de maestros antiguos y a su sobrino Henry lo emparentó por casamiento con la aristocracia inglesa.
En el año 1869, y con Nissim instalado ya en París, celebra una reunión con los ministros Osmanlíes Sadik Effendi, Ministro de Economía, Daud Pasha, Ministro de Avituallamiento, Charles Mallet, presidente en París del Banco Otomano, Casimir Salvador, presidente del Crédit Mobilier y el famoso Baron de Hirsch. Los Camondo jugaron un doble papel en el que representaban los intereses de su propia casa y los de la Société Générale. El consorcio, dirigido por el Banco Otomano, tenía simpatías con Sadik, y el poderoso Hirsch estaba con Daud Pasha haciendo una oferta contraria. Uno de los temas más jugosos era el ferrocarril de Berlín a Constantinopla. Gracias a las negociaciones de Nissim, el 11 de marzo de 1869 se firmó el acuerdo entre Mallet y Sadik Effendi. Llevado por el éxito de la reunión, Nissim escribió: “¡Ahora es cuando todos esos caballeros tendrán que entender que a partir de este momento tendrán que tratar con nosotros y con nadie más!”
Una vez en la cima del éxito, e imponiendo tipos de interés cada vez más altos, fueron capaces de darse cuenta de que el impacto de sus triunfos acabaría destruyendo al Dawlet Osmanli, condenado al colapso por el peso oneroso de la usura que habían impuesto los banqueros. Habían sido tan bien tratados, les habían conferido honores y privilegios sociales tan altos que incluso sus funerales eran casi de Estado —pero quedarse allí para celebrar lo que iba a ser el funeral del Estado en sí no era su intención. Al salir de Estambul no hubo el más mínimo atisbo de remordimiento, no tenían la menor sensación de estar desarraigados o de ir al exilio, ni tampoco la menor consciencia del hecho de que unos pocos Yalis llenos de banqueros habían sometido a un Dawlet que todos los ejércitos de Europa jamás habían logrado vencer.
Instalados en París, comenzaron a actuar en la forma acostumbrada de los banqueros y que se practica incluso en nuestros días. Los títulos honoríficos, el palco en la Opera, la compra de pinturas extraordinarias, los châteaux , la gran casa en la ciudad. Durante el agitado periodo de la derrota de Sedan y la Commune, Abraham y Nissim Camondo corrieron a refugiarse a casa de sus amigos los Sassoons, los super-ricos ex-banqueros de Bagdad, que eran tan expertos en “ser ingleses” como los Camondo lo serían en “ser franceses”.
En 1860 un nuevo Quartier, parte del proyecto Haussmann de modernización de París, comenzó a surgir junto al Parc Monceau. Un terreno de gran extensión fue cedido a Emile Pereire. Muy pronto, lo imponente de las casas, algunas que ya existían y otras de nueva construcción, comenzaron a atraer a los grandes banqueros. Los Rothschild, los Cernuschi, los Menier. Tampoco iba a resistirse a esta atracción una de las familias más distinguidas, los Camondo. Como ya es habitual, la guerra dio lugar a nuevas inversiones y a cuantiosos beneficios. Tras el armisticio de 1871, el Estado francés tenía que pagar a la ciudad de París doscientos millones por los gastos de la guerra, además de los cinco mil millones exigidos por Alemania en concepto de indemnizaciones. La Banque de Paris, Stern, Haber y Schnapper, en conjunción con el gobierno francés, planearon la formación de un sindicato que impidiese a los Rothschild obtener la exclusiva de la misión; el nuevo grupo formado recibiría el nombre de Groupe Paribas. A partir de 1860, como ya hemos indicado, la formación de estos sindicatos sería un hecho más normal y más beneficioso, combinando la banca privada, la banca pública, las instituciones inversoras y los organismos de depósitos. Al final, y como siempre, las guerras de los banqueros terminan con coaliciones alentadas por la codicia. El poder sindicado de la banca de París surgió formado por los Rothschild, Crédit Lyonnaise, La Banque de Paris et les Pays Bas y, a partir de 1872, I. Camondo et Cie.
El traslado a la casa del número 61, rue de Monceau, iba a ser testigo de los serios comienzos de otra manía de los banqueros: coleccionar obras de arte. Era una obsesión compartida por todos. El gusto exquisito y la habilidad de crear una “colección” coherente, por mucho que se burlen los bocazas intelectuales anti-judíos, no pueden ocultar el hecho de que absolutamente nada de lo coleccionado había sido creado por ellos. Lo más que podían hacer era comprar, comprar y comprar. A la muerte de Abraham, su colección sobrepasaba los cien cuadros. Nissim dejó sesenta. Además de châteaux en Saint-Prix, Tanlay, Bellevue, Freschines, Brienne y Vernon-Bizy.
El esplendor en el que vivían los banqueros de París es indescriptible. El famoso poeta judío, Heinrich Heine, al abandonar la suntuosa mansión de James de Rothschild, rue Saint Florentin, declaró con acritud: “Es el Versalles de la plutocracia parisina”. A los Camondo se les llamaba los Rothschild del Oriente. Su magnífica casa en la rue Monceau iba a convertirse en algo absolutamente francés, antológico, una recreación completa de la grandeza francesa del siglo dieciocho en la que la única evidencia de pertenecer a la familia Camondo era el nombre del edificio.
Es necesario manifestar con firmeza, dado que aún se sigue propagando la leyenda, que la idea de que el Museo Camondo es una especie de logro insuperable y un regalo extraordinario otorgado a Francia por unos ascetas generosos es absolutamente grotesca. Cada uno de las objetos contenidos en el Museo Camondo es producto del genio francés y han sido producidos en la era de su mayor grandeza, el periodo que abarca desde Luis XIII a Luis XVI. Todos estos objetos eran propiedad de los franceses. La Revolución, las guerras y las terribles convulsiones del capitalismo bancario arrebató esos productos a sus propietarios, arrojó a éstos a la calle o al exilio, expropió sus palacios y, en el mejor de los casos, vendió en las subastas de los banqueros lo que aún no había sido arrebatado de sus manos y de sus casas. En una visita al Museo Camondo, un miembro de la familia Beaumont, decanos de la aristocracia francesa, hizo el siguiente comentario: “¡Pero estas cosas pertenecían a gente conocida!” El abismo que se abrió entre la aristocracia francesa y la élite bancaria judía jamás pudo ser superado porque toda la nobleza era consciente de que conforme disminuían sus fortunas, las de los otros alcanzaban cotas jamás imaginadas.
Nissim de Camondo, nieto del Nissim de Constantinopla e hijo de Moïse, el coleccionista obsesivo y “experto” en el arte francés del siglo dieciocho, murió en la guerra de 1914-18, al igual que otros hijos de la élite bancaria. Pero ni siquiera este hecho sirvió para atenuar el desdén con el que la Duchesse de la Rochefoucauld, descendiente del famoso autor de las Máximas, comentaba que su sacrificio había sido totalmente apropiado: “Rien d'etonnant, car c'est une guerre d'usure!” ¡En francés, la palabra para el desgaste y la usura es la misma!
A diferencia de las otras grandes familias, los Camondo tuvieron pocos hijos y pronto abandonaron las prácticas bancarias. En este sentido, desde Moïse hasta el fin de la línea familiar no pueden ser considerados o juzgados como miembros de la élite bancaria. Dentro de esa fraternidad, e incluso en los interminables conflictos financieros, eran intocables y estaban protegidos. Una vez abandonado el terreno financiero, los Camondo se convirtieron en una más entre las ricas familias judías. Y así fue cómo, de forma inevitable y a mediados del siglo veinte, la terrible y reprimida energía demoníaca del Nazismo cayó sobre los restos indefensos e inocentes de la, en su día, gran familia Camondo. Beatrice, la última de la línea familiar, junto con sus jóvenes hijo e hija, ambos en la veintena, fueron detenidos por la Gestapo y llevados a morir, junto con millones de otras personas, a los campos de concentración de Polonia.